Soledad, soledad
¡cómo me miras desde los ojos
de la mujer de ese cuadro!
Cada día, cada día,
todos los días...
Cómo me miras con sus ojos hondos.
-Xavier Villaurrutia.
Soledad, mi tía política, tiene un nombre que ni mandado a hacer. Ignoro qué claridad o arte de los conceptos llevó a sus padres a estamparle semejante nombre, que describe con tétrica circunspección lo que ha sido su vida. Sola, Soledad está siempre sola. Puede haber una multitud a su alrededor, pero ella vive aislada en su arisca discrepancia, atrincherada en un muro de rencor que despierta la inquina de los demás. No la mía, por cierto, pues yo sí le hablaba y le hice compañía varias tardes cuando la encontraba en la calle, algo descompuesta del cerebro, atascada en sus recuerdos desordenados que ensartaba sin ton ni son, y notaba que me cerraba un poco el paso, como no queriendo la cosa, cuando me despedía de ella aduciendo inexistentes negocios que atender, supuestas citas impostergables, y Soledad repetía la misma pregunta que le acababa de responder: ¿y tú qué estudias? Severa y sin concesiones, con la lengua envenenada, cada palabra de Soledad podía ser un latigazo o un esputo, pero lo cierto es que conmigo, si he de acercarme a la verdad, se comportaba como una dama bondadosa y desvalida. La tía soledad, que yo sepa, no cometió ningún crimen. Simplemente se solazaba en dificultar la vida a los demás. Una de esas personas que defienden a capa y espada su imperio y un buen día, al cabo de varios años, salen a la calle y ya no saben cómo regresar a casa. Cuan fatídica es, la tía Chole me ha hecho reflexionar y volver a reflexionar sobre la soledad. Yo aprecio estar solo cuando quiero leer, entre otras cosas, porque leer me hace sentir menos solo. Pero desconozco la soledad total que padece mi tía política (y al decirle así la dejo aún más sola). Miro su foto y, como en el poema de Villaurrutia, también sus ojos se humedecen. No es que Soledad quiera estar sola, pero vive de un modo que obliga a los demás a huirle. A la muerte de mi tío, quiso mudarse con la familia de su hijo, que la rechazó y la envió a un asilo de ancianos. Su nieto (una tía Chole en potencia) me explicó que ahora ella está "donde asilo quiso". Acto seguido se rió enseñando los colmillos, una mueca vesánica que heredó de la tía Chole. La soledad me parece una suerte de desintegración del yo, una muerte alterna o virtual. Por la entrevista que Dante le hace a Ulises (Infierno, XXVI, 90-142) sabemos que el último viaje de éste a las columnas de Hércules, a la "región sin gente", al mundo de las Antípodas que la Alicia de Lewis Carroll llama, en su ignorancia chusca, "Antipatías", desembocó en la muerte, cuando el mar se cerró sobre él y los hombres que aún le eran fieles. Evitar la soledad es para muchos un imperativo, una ley de la gravitación que nos atrae hacia los otros, y quizá incluso en la muerte permanecemos unidos a los demás. Como aquella luna de Saturno que, al desintegrarse, dejó sus restos gravitando como anillos a su alrededor.