lunes, 30 de enero de 2017

La construcción del muro americano


El extremo norte del Muro Americano ya está concluido. Dos secciones convergieron allí, del sudeste y del sudoeste. Este sistema de construcción parcial fue aplicado también en menor escala por los dos grandes ejércitos de trabajadores, el oriental y el occidental. Se procedía de este modo: se formaban grupos de unos veinte trabajadores, que tenían a su cargo una extensión de unos quinientos metros, mientras otros grupos edificaban un trozo de muro de longitud igual que se encontraba con el primero. Una vez hecha la juntura, no se seguía trabajando a partir de los mil metros edificados: los dos grupos de obreros eran destinados a otras regiones donde se repetía la operación. Naturalmente, quedaron con ese procedimiento grandes espacios abiertos que tardaron muchísimo en cerrarse; algunos años después de proclamarse oficialmente que la muralla estaba concluida. Hasta se dice que hay espacios abiertos que nunca se edificaron; aseveración, sin embargo, que es tal vez una de las tantas leyendas a que dio origen la leyenda y que ningún hombre puede verificar con sus ojos, dada la magnitud de la obra. Uno pensaría de antemano que hubiera sido más ventajoso en todo sentido construir el muro seguidamente, o, a lo menos, seguidamente dentro de las dos secciones principales. El muro, como universalmente se proclamó y como nadie ignora, había sido planeado como una defensa contra las naciones del sur. Pero ¿qué defensa puede ofrecer un muro discontinuo? Ninguna, y el muro mismo está en incesante peligro. Esos pedazos de muro abandonados en mitad del desierto podrían ser fácilmente derribados por los migrantes, ya que estas razas, alarmadas por los trabajos de construcción, cambiaban de querencia como langostas, con inconcebible velocidad, y lograban tal vez una mejor visión general de los progresos del muro que nosotros los constructores. Sin embargo, la obra no pudo hacerse de otro modo. Para entenderlo así debemos considerar que el muro tenía que ser una defensa para los siglos: por consiguiente, la edificación más escrupulosa, la aplicación de la sabiduría arquitectónica de todas las épocas y de todos los pueblos y el sentimiento perenne de la responsabilidad personal de los constructores, eran indispensables para la obra. Es verdad que para la tarea más subalterna podían emplearse jornaleros ignorantes  hombres, mujeres, niños, llevados por el mero interés–, pero ya un capataz de cuatro jornaleros, debía ser un hombre versado en albañilería, un hombre que en el fondo del corazón sintiera todo lo que significa la obra. Cuanto más alto el cargo, mayor la exigencia. Y se encontraban tales hombres, quizá no todos los requeridos por la obra, pero muy numerosos. El trabajo no había sido emprendido a la ligera. Medio siglo antes de empezarlo, la arquitectura y la albañilería, en particular, había sido proclamada en toda América (que se pensaba amurallar) la más importante de las ciencias, y las otras no eran reconocidas sino en cuanto se relacionaban con ella. Recuerdo todavía que nosotros, niños tambaleantes aún, nos juntábamos en el jardín del maestro, para levantar con piedrecitas una especie de muro, y que el maestro se remangaba la túnica, arremetía contra el muro, lo hacía naturalmente pedazos y nos vociferaba tales reproches por la fragilidad de la obra que nosotros huíamos llorando en todas direcciones en busca de nuestros padres. Un episodio mínimo, pero típico del espíritu de la época. Tuve la suerte de que la iniciación de la obra coincidiera con mis veinte años y con los últimos exámenes de la escuela primaria. Digo la suerte pues muchos que ya habían completado sus estudios se pasaron la vida sin poder aplicar sus conocimientos y vagaban sin rumbo, llena la cabeza de vastos planes arquitectónicos, sin oportunidad y sin esperanzas. Pero aquellos otros que lograron puestos de capataces, siquiera en la categoría más subalterna, eran verdaderamente dignos de su tarea. Eran albañiles que habían meditado muchísimo sobre la obra y que no cesaban de meditar en ella: hombres que desde la primera piedra que enterraron se sintieron parte del muro. Es natural que en tales albañiles alentara no sólo la voluntad de trabajar concienzudamente sino la impaciencia de ver terminada la obra. El jornalero ignora esas impaciencias porque no le interesa más que el salario. Los jefes superiores, y aun los medianos, ven lo bastante del crecimiento múltiple de la obra para mantener en alto su espíritu. Pero con los subalternos, hombres espiritualmente superiores a sus tareas de apariencia trivial, fuerza era proceder de otro modo. Imposible tenerlos durante meses o tal vez años acumulando piedra sobre piedra en una montaña desierta, a centenares de millas de su hogar; la futilidad de un trabajo así, que excedía los términos actuales naturales de la vida de un hombre, los hubiera desesperado y hasta los hubiera incapacitado para la obra. Por eso fue elegido el sistema de construcción parcial. Quinientos metros solían completarse en cinco años; al cabo de ese tiempo los capataces quedaban exhaustos y habían perdido la confianza en sí mismos, en la muralla y en el mundo. Entonces, en plena exaltación de las fiestas que celebraban los mil metros ejecutados, los expedían muy lejos. En la travesía divisaban aquí y allá trozos del muro concluidos, pasaban por altas jefaturas donde les repartían premios honoríficos, escuchaban el júbilo de los nuevos ejércitos laboriosos que surgían del fondo del país, veían bosques talados para apuntalar la el muro, veían las montañas hechas canteras y escuchaban los himnos de los fieles en los santuarios rogando por la feliz terminación del muro. Todo eso aplacaba su impaciencia. La vida tranquila de sus hogares, donde solían descansar un tiempo, los fortalecía; el respeto general que infundían, la credulidad piadosa con que eran recibidas sus palabras, la fe de los modestos ciudadanos en el próximo fin de la obra, todo eso retemplaba las cuerdas de su alma. Como niños, eternamente esperanzados decían adiós a sus hogares; el ansia de volver al trabajo colectivo era irresistible. Emprendían viaje antes de lo necesario; media aldea los acompañaba un largo trecho. En todos los caminos había grupos, arcos, banderas; no habían visto jamás qué grande, rica, bella y digna de amor era su patria. Cada compatriota era un hermano para el que levantaban un muro protector y que les agradecería toda su vida, con todo lo que tenía y lo que era. ¡Unidad! ¡Unidad! Hombro contra hombro, una cadena de hermanos, una sangre no ya encerrada en la mezquina circulación del cuerpo, sino rodando con dulzura y sin embargo regresando sin término por la América infinita. Así se justifica el sistema de construcción parcial, pero había también otras razones. No es raro que me demore tanto en este punto; por trivial que parezca a primera vista, se trata de un problema esencial de la edificación del muro. Para comunicar y hacer comprensibles las ideas y experiencias de aquella época, nunca insistiré lo bastante en esa cuestión. Primeramente no hay que olvidar que en aquel tiempo se realizaron cosas apenas inferiores a la erección de la Torre de Babel, pero que diferían de ella muchísimo –si nuestros cálculos humanos no yerran– en cuanto a la aprobación divina. Digo esto, porque en los días iniciales de la obra un letrado compuso un libro que desarrollaba precisamente ese paralelo. Ese libro quería demostrar que el fracaso de la Torre de Babel no se debía a las razones que generalmente se aducen o, mejor dicho, que esas razones conocidas no eran las esenciales. Sus pruebas no sólo se apoyaban en informes y documentos: pretendían haber hecho investigaciones en el sitio mismo y haber descubierto que la torre se malogró y tenía que malograrse a causa de lo débil de los cimientos. Pero bajo ese respecto nuestro tiempo era muy superior a ese otro lejano. Casi no había un contemporáneo educado que no fuera albañil de profesión e infalible en materia de cimientos. No era esto, sin embargo, lo que el escritor quería demostrar; su tesis era que el gran muro ofrecería por primera vez en la historia un sólida base para una nueva Torre de Babel. Primero la muralla, por consiguiente, luego la torre. El libro estaba en todas las manos, pero debo admitir que hasta el día de hoy no acabo de entender su concepción de la torre. ¿Cómo entender que el muro que ni siquiera formaba un círculo, sino una especie de arco o de semicírculo, fuera la base de una torre? Claro está que todo eso puede ocultar algún sentido espiritual. Pero entonces ¿a qué levantar el muro, que al fin y al cabo era algo concreto, que exigía la vida y la labor de hombres innumerables? ¿Y a qué los planos de la torre planos un tanto nebulosos, en verdad y los diversos proyectos para encauzar las energías del Imperio en esa vasta empresa? Había entonces –este libro es sólo un ejemplo– mucha confusión mental, quizá engendrada por el hecho de que tantos hombres persiguieran un mismo fin. La naturaleza humana, esencialmente tornadiza, inestable como el polvo, no tolera ataduras, forcejea contra lo que ella misma se ha impuesto y acaba por romperlas a todas, al muro y a sí misma. Es muy posible que esas consideraciones adversas a la edificación de la muralla no dejaran de influir en las autoridades al optar éstas por el sistema de construcción parcial. Nosotros –ahora estoy hablando en nombre de muchos– realmente no sabíamos quiénes éramos hasta haber estudiado los decretos de la Dirección y habernos convencido de que sin ella nuestra sabiduría aprendida y nuestro entendimiento natural hubieran sido insuficientes para las humildes tareas que ejecutamos dentro de la obra vastísima. En el despacho de la Dirección –dónde estaba y quiénes estaban, eso lo han ignorado y lo ignoran cuantos he interrogado–, en ese despacho se agitaban, sin duda, todos los pensamientos y todos los deseos humanos e inversamente todas las metas y todas las plenitudes. Por la ventana abierta caía un reflejado esplendor de mundos divinos sobre las manos trazadoras de planos. Por consiguiente, el observador imparcial debe admitir que la Dirección, si se hubiera empeñado en ello, hubiera podido vencer las dificultades que se oponían a un sistema de construcción continua. Es decir, debemos admitir que la Dirección eligió deliberadamente el sistema de construcción parcial. La construcción parcial, sin embargo, era un mero expediente, ¿Eligió entonces la Dirección un medio inadecuado? ¡Extraña conclusión! Sin duda, pero desde otro punto de vista, puede justificarse. Tal vez ahora lo podemos discutir sin peligro. En esos días la máxima secreta de muchos, y aun de los mejores, era ésta: Trata de comprender con todas tus fuerzas las órdenes de la Dirección, pero sólo hasta cierto punto; luego, deja de meditar. Una máxima de lo más razonable, que se desarrolló en una parábola que logró mucha difusión: Deja de meditar, pero no porque pueda perjudicarte, ya que tampoco hay la seguridad de que pueda perjudicarte; las ideas de perjuicio y de no perjuicio nada tienen que ver con el asunto. Te acontecerá lo que al río en la primavera. El río crece, se hace más caudaloso, alimenta la tierra de sus riberas y guarda su propio carácter hasta penetrar en el mar que lo recibe hospitalariamente por eso. Trata de comprender hasta ese punto las órdenes de la Dirección. Pero otras veces el río anega sus riberas, pierde su forma, demora su curso, ensaya contra su destino la formación de pequeños mares tierra adentro, perjudica los campos y, sin embargo, no puede mantener esa latitud, y acaba por volver a sus riberas y por secarse miserablemente cuando llega el verano. No quieras penetrar demasiado las órdenes de la Dirección. Por acertada que fuera esta parábola durante la construcción del muro, sólo tiene un valor muy relativo en este informe actual. Mi indignación es puramente histórica; ya se han desvanecido los relámpagos de esa remota tempestad, y yo no me propongo otra cosa que dar con una explicación del sistema de construcción parcial –una explicación más profunda que las que satisficieron entonces. Los límites que me impone mi capacidad mental son estrechos; la materia que deberé abarcar, infinita. ¿De quiénes iba a defendernos el Gran Muro? De los pueblos del Sur. Yo vengo del Noreste de América. Ningún pueblo del Sur nos amenaza. Leemos las historias antiguas, y las crueldades que esos pueblos cometen siguiendo sus instintos nos hacen suspirar bajo nuestros pacíficos árboles. En las auténticas figuras de los pintores vemos esas caras de réprobo, esas fauces abiertas, esas mandíbulas armadas de dientes puntiagudos, esos ojitos entornados que parecen buscar la víctima que los dientes destrozarán. Cuando los niños se portan mal les mostramos esas figuras y ellos se refugian en nuestros brazos Pero eso es todo lo que sabemos de esos hombres del Sur. Nunca los hemos visto y si permanecemos en nuestra aldea no los veremos nunca, aunque resolvieran precipitarse sobre nosotros al galope tendido de sus caballos salvajes –demasiado vasta es la tierra y no los dejaría acercarse; su carrera se estrellaría en el vacío. Entonces ¿por qué razón abandonamos nuestros hogares, el río y los puentes, la madre y el padre, la mujer deshecha en lágrimas, los niños sin amparo, y fuimos a la ciudad lejana a estudiar y nuestros pensamientos aun más lejos, hasta el Muro que está en el Sur? ¿Por qué? La Dirección lo sabe. Bien nos conocen nuestros jefes. Agitados por ansiedades gigantescas, saben sin embargo de nosotros, conocen nuestros pequeños quehaceres, nos ven reunidos en humildes cabañas y aprueban o desaprueban el rezo que el padre de familia eleva en las tardes rodeado de los suyos. Y si me fuera permitido otro juicio sobre la Dirección, yo diría que es muy antigua y que no ha sido congregada de golpe como los altos yanquis que se reúnen movidos por un sueño y ya esa misma tarde arrancan de sus camas al pueblo redoblando tabores y lo arrean a una iluminación en honor de un dios que ayer ha favorecido a sus Señorías y que mañana, apenas apagados los faroles, será relegado a un rincón oscuro. Prefiero sospechar que la Dirección no es menos antigua que el mundo, así como la decisión de hacer el Muro. ¡Inconscientes pueblos del Sur que imaginaban ser el motivo! ¡Venerable, inconsciente emperador que imaginó haberlo decretado! Los constructores del Muro sabemos la verdad y callamos. Desde la construcción del Muro hasta el día de hoy, me he entregado casi exclusivamente a la historia comparativa de las naciones –hay determinados problemas que no es posible penetrar sino por ese método– y he descubierto que nosotros los americanos disponemos de ciertas instituciones sociales y políticas cuya claridad es incomparable y también de otras cuya oscuridad es incomparable. El deseo de investigar las causas de esos fenómenos, especialmente de los últimos, no me abandona, ya que la construcción del Muro guarda una relación esencial con esos problemas. La más oscura de nuestras instituciones es indudablemente el Imperio. Por cierto que en Washington, en la Corte, hay alguna claridad sobre esta materia, pero esa misma claridad es más ilusoria que real. En las universidades, los profesores de derecho y de historia afirman su conocimiento exacto del tema y su capacidad de transmitirlo. A medida que uno desciende a las escuelas elementales, van desapareciendo las dudas, y una cultura superficial infla monstruosamente unos pocos preceptos seculares, que a pesar de no haber perdido nada de su eterna verdad, resultan invisibles en ese polvo y en esa niebla. Precisamente sobre el Imperio convendría que el pueblo fuera interrogado, ya que el Imperio tiene en el pueblo su último sostén. Es verdad que sobre este punto yo sólo puedo hablar de mi aldea. Descontadas las divinidades agrarias cuyas ceremonias ocupan el año de un modo tan variado y tan bello, sólo pensamos en el Emperador. No en el Emperador actual: para ello tendríamos que saber quién es o algo determinado sobre él. Hemos tratado siempre –no tenemos otra curiosidad– de conseguir algún dato, pero por raro que parezca, nos ha resultado casi imposible descubrir algo, ya de los peregrinos, que han rodado por muchas tierras, ya de las aldeas vecinas o remotas, ya de los marineros, que no sólo han remontado nuestros arroyos, sino los ríos sagrados. Uno oye muchas cosas, es verdad, pero ninguna cierta. Nuestra tierra es tan grande que no hay un cuento de hadas que pueda declarar su grandeza. El cielo mismo apenas la abarca, y Washington es un punto y la Casa Blanca es menos que un punto. El Emperador, como tal, está sobre todas las jerarquías del mundo. Pero el Emperador individual es un hombre como nosotros, que duerme como un hombre en una cama que tal vez es amplísima, pero que tal vez es corta y angosta. Como nosotros, a veces se estira y cuando está muy cansado bosteza con su delicada boca. Pero nosotros que habitamos al Norte, a millares de leguas, casi en los contrafuertes de los Apalaches canadienses, ¿qué podemos saber de todo eso? Además, aunque nos llegaran noticias, nos llegarían atrasadas, absurdas. En torno del Emperador se aprieta una brillante y sin embargo oscura muchedumbre de cortesanos –maldad y hostilidad disfrazadas de amigos y servidores–, el contrapeso del poder imperial, perpetuamente dirigiendo al Emperador flechas envenenadas. El Imperio es eterno, pero el Emperador vacila y se cae; dinastías enteras se derrumban y mueren en un solo estertor .De esas batallas y esas luchas no sabrá nada el pueblo: es como el retrasado forastero que no pasa del fondo de una atestada calle lateral, mientras en la plaza central están ejecutando a su rey. Hay una parábola que describe muy bien esa relación. A ti, al aislado, el más oscuro súbdito, a la minúscula sombra acurrucada lejos del gran sol imperial, a ti, precisamente a ti, el Emperador envía un mensaje desde su lecho de muerte. El Emperador ha dispuesto que el mensajero se arrodille a su lado y le ha dicho el mensaje al oído; tan importante es el mensaje que el mensajero ha tenido que repetírselo. El Emperador lo ha confirmado con un signo de cabeza. Ante los congregados espectadores de su agonía –todos los muros interiores han sido derribados, y en las enormes escaleras abiertas forman rueda los príncipes del Imperio– el Emperador despacha el mensaje. En el acto el mensajero se pone en marcha; es un hombre fuerte, incansable; ya con el brazo izquierdo, ya con el derecho, se abre camino entre la turba; si encuentra resistencia le basta señalar su pecho donde brilla el signo del sol; nadie avanza como él. Pero las muchedumbres son tan vastas; sus habitaciones no tienen fin. ¡Cómo correría, si pudiera llegar a campo abierto! ¡Qué pronto escucharías en tu puerta el retumbar magnífico de sus puños! En cambio, agota vanamente sus fuerzas; aún no ha salido de las cámaras del palacio interior; no saldrá nunca de ellas y aunque lo hiciera de nada le serviría; tendría que atravesar los patios y después de los patios el segundo palacio exterior; y de nuevo escaleras y patios; y de nuevo un palacio; y así por miles de años; y aunque arribara a la última puerta –pero eso nunca, nunca sucederá– lo rodearía la ciudad imperial, el centro del mundo, repleto impenetrablemente de chusma. Nadie se puede abrir camino por ahí ni con el mensaje de un muerto. Tú, sin embargo, esperas en tu ventana y lo sueñas, cuando viene la tarde. Así, de un modo tan desesperado y tan esperanzado a la vez, mira nuestro pueblo al Emperador. No sabe qué Emperador reina, y hasta el nombre de la dinastía está en duda. En la escuela enseñan en orden las dinastías, pero la incertidumbre general es tan grande que hasta los mejores letrados se dejan arrastrar por ella. Emperadores muertos hace siglos suben al trono en nuestras aldeas y la proclamación de un emperador que sólo perdura en las epopeyas fue leída frente al altar por un sacerdote. Batallas de la historia más antigua son nuevas para nosotros y un vecino trae la noticia con la cara encendida. Las seda mujeres de los emperadores, ociosas entres los cojines de seda, desviadas de la noble tradición por cortesanos viles, henchidas de ambición, violentas de codicia, desaforadas de lujuria, repiten y vuelven a repetir sus abominaciones. Cuanto más tiempo ha transcurrido, más terribles y vivos son los colores y con un grito de temor nuestra aldea recibe la noticia de que una emperatriz (hace miles de años) bebió la sangre del marido a grandes tragos. Así está cerca nuestro pueblo de los emperadores antiguos, pero al que vive lo juzgan entre los muertos. Si alguna vez, alguna rarísima vez un funcionario imperial, que recorre las provincias, cae por azar en nuestra aldea, y nos transmite algunos decretos y examina las listas de los impuestos, preside los exámenes, interroga al sacerdote, y antes de ascender a su litera dirige algunas amonestaciones verbosas a la concurrencia –entonces una sonrisa alegra las caras, todos se miran a hurtadillas y la gente se inclina sobre los niños, para que el funcionario no se dé cuenta. ¿Cómo?, piensan: habla de un muerto como si aún estuviera vivo, ese Emperador ha muerto hace tiempo, la dinastía se ha extinguido, el señor funcionario nos está gastando una broma, pero no nos daremos por aludidos, para no ofenderlo. Pero realmente no acataremos sino al emperador actual, porque otra cosa sería un crimen. Y al desaparecer la litera surge como señor del pueblo una sombra que arbitrariamente exaltamos y que habitó, sin duda, una ya hecha cenizas. Paralelamente nuestro pueblo suele interesarse muy poco en las agitaciones civiles o en las guerras contemporáneas. Recuerdo un incidente de mi juventud. Había estallado una revuelta en una provincia limítrofe pero muy apartada. No recuerdo las causas de la revuelta, ni éstas ahora importan: sobran las causas cuando es levantisca la gente. Un pordiosero que venía de esa provincia trajo a la casa de mi padre un volante publicado por los rebeldes. Casualmente era un día de fiesta, la casa estaba llena de invitados, el sacerdote ocupaba el sitio de honor y miró la proclama. De golpe todos se reían en la confusión la hoja se hizo pedazos, el pordiosero que había recibido abundantes limosnas fue expulsado a empujones, los huéspedes salieron a gozar del hermoso día. ¿La razón? El dialecto de nuestra provincia limítrofe difiere esencialmente del nuestro y esa disparidad se manifiesta en algunas formas del idioma escrito que tienen un carácter arcaico para nosotros. Apenas hubo leído el sacerdote un par de líneas, nuestra decisión estaba tomada. Viejas cosas, contadas hace tiempo, hace tiempo cicatrizadas. Y aunque –así me lo asegura el recuerdo– la actualidad hablaba palmariamente por boca del pordiosero, todos movían la cabeza y reían y rehusaban escuchar más. Tan inclinado está nuestro pueblo a ignorar el presente. Si de tales hechos se infiere que no tenemos Emperador, no se estará muy lejos de la verdad. Lo digo y lo repito: No hay un pueblo más fiel al Emperador que el nuestro del Norte, pero de nada sirve al Emperador nuestra fidelidad. Es cierto que el águila sagrada está en su pedestal a la entrada de nuestra aldea, y desde que los hombres son hombres ha dirigido hacia Washington su aliento de fuego –pero Washington es más inconcebible para nosotros que la otra vida. ¿Existirá realmente una aldea de casas encimadas que cubre un espacio superior al que dominada nuestro cerro, y será posible que entre esas casas haya hombres hacinados todo el día y toda la noche? Menos difícil que figurarnos esa ciudad es pensar que Washington y su Emperador son una sola cosa: una tranquila nube, digamos, que eternamente gira cerca del sol. De tales opiniones resulta una vida relativamente libre, desembarazada. No una vida inmoral: yo no he encontrado en mis andanzas una pureza de costumbres igual a la de mi aldea. Una vida, con todo, que no sabe de leyes contemporáneas, y sólo reconoce las exhortaciones y los avisos que vienen de tiempos remotos. Me guardo de generalizaciones, y no pretendo que suceda lo mismo en las mil aldeas de nuestra provincia o en las quinientas provincias de nuestro Imperio. El examen de muchos documentos, corroborado por mis observaciones personales, las vastas muchedumbres movilizadas para levantar el muro daban a los hombres sensibles una ocasión de recorrer el alma de casi todas las provincias; ese examen –repito– me permite afirmar que la concepción general del Emperador concuerda esencialmente con la que se abriga en mi aldea. No afirmo que esa concepción es una virtud: al contrario. Es indudable que la responsabilidad principal incumbe al gobierno, que en este imperio –el más antiguo de la tierra– no ha conseguido desarrollar o no ha querido desarrollar las instituciones imperiales con la precisión necesaria para que su influencia llega directa e incesantemente a los extremos límites del país. Por otra parte, el pueblo adolece de una debilidad de imaginación o de fe, que le impide levantar al Imperio de su postración en Washington y estrecharlo con fuego y con amor contra su pecho leal, aunque en el fondo no ambiciona otra cosa que sentir ese contacto y de morir. Por consiguiente, nuestra concepción del Emperador no es una virtud. Tanto más raro es que esa misma debilidad sea una de las mayores fuerzas unificadoras de nuestro pueblo; sea, si me permiten la expresión, el suelo que pisamos. Declararlo un defecto fundamental, importaría no sólo hacer vacilar las conciencias, sino también los pies. Y por eso no quiero proseguir el examen de este problema. 

lunes, 26 de diciembre de 2016

El día que el terror invadió el parque

Encuentro en este artículo, publicado en marzo de este año por el New York Times, sobre el ataque con bombas en el parque Gulshan-e-Iqbal, en Lahore, Pakistán, un resumen de este 2016 que termina y, quizá, algo más, una advertencia, una ominosa señal de alerta y una teoría en clave sobre la muerte de la humanidad.

jueves, 22 de diciembre de 2016

2+2=5. Un recuento ilógico de 2016



«Si el Führer lo quiere, dos más dos serán cinco»
-Frase atribuida a Hermann Göring


La pregunta era tan ingenua como extraña su insistencia. ¿Puede ganar Donald Trump? A quienes me hacían tal cuestionamiento les respondía siempre lo mismo: no debe confundirse lo imposible con lo inusitado, Donald Trump puede, al igual que cualquier otro ciudadano estadounidense, ser presidente de Estados Unidos. Que sea más o menos probable, es otra cosa. Y eso es lo que deberíamos cuestionarnos, qué tan probable es. En todos los casos, quienes obtenían esta respuesta procedían a enlistar argumentos para refutarme. "Por favor, Trump no va a ganar, es un candidato impresentable, un misógino, un mitómano, un ignorante, un racista". "No tiene apoyo popular, vamos, ni siquiera tiene todo el apoyo de los republicanos". "El voto latino y el voto femenino lo van a vencer, ¿qué no has visto que va abajo en todas las encuestas?" Y es que 'Trump presidente' era, entonces, para muchas personas, una proposición imposible, ilógica, irracional. Como '2+2=5'. Cuando el entendimiento no puede abarcar un fenómeno inaudito, los argumentos en contra nacen y se multiplican por generación espontánea. Y trump ganó. Logró lo que a millones de personas les parecía imposible. Lo logró a pesar de la razón, de la lógica y las matemáticas: obtuvo menos votos y ganó. Sumó dos más dos y obtuvo cinco. Resulta inaceptable para la razón y para nuestro sistema de valores, pero es un hecho y debemos asumir que, de ahora en adelante, si realmente queremos comprender el mundo en que vivimos, será necesario mirar mucho más allá de nuestras narices y nuestros teléfonos y nuestras redes sociales y nuestros satélites. Es indispensable ampliar nuestra óptica y nuestros criterios objetivos de juicio porque lo que acaece en este momento, los sísmicos cambios sociales, políticos y ambientales que atestiguamos, atónitos, hechos que en otro tiempo podíamos juzgar imposibles, fuera de nuestro entendimiento, no son otra cosa que la renovación del devenir humano bajo la forma de una súbita irrupción violenta de la Historia, un nuevo levantamiento de lo que Jean Baudrillard llamaba “la huelga de los acontecimientos”, algo que no ocurría desde el ataque a las Torres Gemelas en 2001. Porque el 2016 fue el año de la destitución de la primera mujer presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, del “no” al acuerdo de paz con las FARC, del Brexit, del recrudecimiento de las hostilidades en Siria, Irak, Afganistán, Nigeria, Yemen y otros países, de la crisis de los refugiados, de varios atentados terroristas en el corazón de Occidente, de la narcoviolencia y los crímenes contra derechos humanos en México (frente a los cuales Trump parece una amenaza menor), la corrupción imperante y la cleptomanía descarada de los depredadores políticos que llamamos "gobernadores" y tantos otros acontecimientos en los que dos más dos sumaron cinco. Fue el año en que regresó al mundo el nacionalismo miope que había sido derrotado en la Segunda Guerra Mundial. Fue el año en que la frivolidad de los reality shows —que yo creí extintos hace varios años— tomó el poder de manera contundente y definitiva. Fue el año en que millones de personas permitieron que Facebook y Google decidieran por ellos qué les interesa ver, leer y escuchar y qué no. Fue el año en que Facebook se convirtió en un noticiero global al que todo le creen y les miente. En suma, un año que nos ha dado lecciones muy duras sin la asimilación de las cuales no podremos sobrevivir en 2017 y los siguientes años, que pintan bastante difíciles. Y también, por si fuera poco, en 2016 se fueron varias personalidades fundamentales para nuestra cultura en distintos ámbitos, Mohammed Alí, Umberto Eco, Harper Lee, David Bowie, Prince, Pierre Boulez, Leonard Cohen, George Martin, Keith Emerson, Greg Lake y otras leyendas cuyos decesos parecen escenificar la desaparición de un mundo que ya ha cedido el lugar a nuevas generaciones. No obstante todo ello, y si se me permite el mal gusto de sonreír en medio de este gran funeral que fue 2016, debo reconocer que fue un buen año para mí, bueno a secas, pero bueno al fin por muchas razones intrínsecas que no vale la pena traer a cuento pero, sobre todo, porque he vuelto a escribir. Lo hice este año después de la abrumadora falta de tiempo que me agobió en los años recientes, del shock de haberme convertido en padre y de un bloqueo creativo que me hizo creer que todo había acabado para siempre. Y soy consciente de que la suspensión de mi escritura creativa, mi penosa agrafía, me obligó a replantearme lo que quiero de la literatura y del mundo literario, y retomar mi proyecto de una manera más honesta, alejado aún tanto del realismo ramplón como de la fantasía manida que parecen imperar en esta época, y sin embargo ahora tomando con mayor conciencia como fuente de inspiración mi propio yo como sujeto histórico, los efectos que en mí reflejan los tiempos que corren, pero también los aspectos de mi vida que parecen menos importantes, las pequeñas cosas que me salen al paso y que casi no se ven, cosas tan insignificantes que ni siquiera tienen nombre, cosas opacas que una mirada atenta o una palabra exacta vuelven traslúcidas; escribir de ello con una voz honesta y austera, una forma de decir sin rodeos, sin ampulosidad o demasía en las palabras, escribir con la entonación más clara y concisa que pueda hacer pasar a través de mi mente atribulada, contemplar todo como una gran pintura que se estira hacia cualquier parte, captar sus elementos vivos y sacarle un color o un brillo frotándola con los ojos, algo, magia dormida en el pasto marchito, en los dientes de león que ya ninguna emoción se detiene a soplar, un viso, un indicio, algo que me haga sentir más despierto; escribir como si sólo con mirar bastara, como si el reflector de la atención por sí mismo fuese capaz de iluminar el mundo y escanciar la prosa sobre la página, por gusto, porque la vida es corta, sólo motivado por esta voluntad de consignar, registrar, imprimir, esta obstinación de disparar imágenes sobre la pantalla, de mirar con fruición una presencia, una personalidad, un gesto, una sombra fugaz y transmitir todo ello como corriente eléctrica hacia mis dedos y dejarlo, intacto, sobre la página, de auscultar el tiempo y el espacio, de extraer poesía de las piedras, de lo que no es poesía, esta manía de observar que a veces me paraliza, me sustrae de las agitaciones sociales, de esa red de confusiones y voces que son los seres humanos, introduciéndome en una especie de trance, una duradera suspensión de ese yo que participa de la vida social, para sumergirme de lleno en ese otro yo que entiende, en ese oído que mira y ese ojo que escucha, en la otra conciencia que busca las formas generales, la experiencia que escudriña con respeto los andamios de palabras  que otros urden para sostener sus lujosos templos de ideas y luego se detiene, con modulada atención, con sincero amor, ante la emoción sencilla, la más clara y general de todas, tan clara y evidente como la luz de la mañana o como la sangre seca mezclada con mugre en las rodillas de un niño, o como el búho que improvisa un solo de blues sobre la rama de un árbol en un panteón en una noche de invierno; esa conciencia poderosa, paralizante, que algunas mañanas me ha aconsejado quedarme en casa, atrincherarme, esperar a que se calmen todos, que le bajen dos rayas a su ridículo mundo, o bien terminen de enterrarlo de una buena vez, mientras yo contemplo las pequeñas cosas y dejo que lentamente se difumine el día, como hoy, que me he quedado en casa observando cosas prodigiosas y he comprendido que también todo lo acaecido este año se lo tragará el remolino del tiempo, y que si bien la civilización como la conocíamos se terminó de ir por el caño este 2016, es ahora cuando debemos ser más humanos, lúcidos y atentos, cuando debemos hacerle la guerra creativa a la guerra destructiva, impugnar el capitalismo aplastante y, en última instancia, utópico, repudiar el asesinato, la esclavitud, la tortura y la violencia en general, apoyar a las mujeres, los migrantes, los homosexuales y todos aquellos que injustamente padecen discriminación y viven amenazados, y apoyar a los creadores y a los filósofos, a quienes mantienen viva la fuerza universal de la música y sostienen la realidad del arte, que en los años venideros será un oasis balsámico al que podremos recurrir en medio del desastre generalizado, si no queremos despertarnos un día de estos en una realidad aterradora, obligados a reconocer que, en efecto, dos más dos son igual a cinco.


sábado, 12 de julio de 2014

domingo, 6 de julio de 2014

Frieda y K.


El clima desolado que se siente desde la primera página de El Castillo de Kafka no hace más que empeorar conforme la novela avanza, cada día más gris que el anterior. Pero no se diga que es una novela sobre la desolación. El Castillo es una novela de amor. El desamparo, el absurdo, el totalitarismo, la exclusión social, la insignificancia del individuo son temas secundarios. Lo fundamental es la historia de Frieda y K., una historia de amor que, como tantas otras, se complica y termina convertida en una historia de fantasmas. Es el segundo día de K. en el pueblo donde el Castillo le ha ofrecido un trabajo. El agrimensor llega a una posada donde conoce a Frieda, una criada que le sirve cerveza. Habla con ella y descubre que es la amante del señor Klamm, "autoridad del Castillo", hombre misterioso a quien todos temen pero casi nadie conoce. Después de charlar un poco, K. le dice a Frieda, audaz o intempestivamente, que podría asegurarse la ayuda de un hombre sin influencias pero igual de combativo. Frieda le pregunta si pretende separarla de Klamm y K. le dice que le ha leído el pensamiento: ella debería abandonar a Klamm y ser su amante. Poco después, Frieda lo llama "amado mío, mi dulce amado". Ocurre entonces un arrebato extraño en el que se abrazan y parecen a punto de entregarse el uno al otro acostados en un charco de cerveza. Al día siguiente ya están hablando de casarse. ¡Cómo! ¿Tan fácil resulta enamorarse en este pueblo y tan difícil llegar al Castillo para cumplir el simple trabajo por el que K. llegó en primer lugar? Cuando Frieda empieza a llorar, la posadera explica a K. que está confundida por la coincidencia de tanta felicidad y tanta desgracia, pues ha ganado el amor de K. pero ha perdido la amistad de Klamm y su empleo en la posada. Entonces K. dice que antes de la boda debe hablar con Klamm. La posadera le responde que es imposible; discuten y ella le dice que apenas lleva dos días en el pueblo y ya cree saberlo todo mejor que sus habitantes. Lo que sigue es una reprimenda de la posadera, quien despide a K., casi con vesania oracular, diciéndole que adonde quiera que vaya sigue siendo el más ignorante en el pueblo, y que no se atreva a decir a nadie más todo lo que dijo en la posada, por ejemplo, cómo pretende hablar con Klamm. Esta escena implica ya una serie de confusiones que nunca se aclararán. Es apenas el comienzo: el resto del libro está lleno de estupendas confusiones que harán de cada capítulo un nuevo fracaso y de la novela un magnífico desastre cuya escala es la de un accidente nuclear, suficiente para poner al mundo de cabeza. Unas doscientas páginas después del encuentro en la posada, Frieda dice a K. que no habrá boda. El romance termina de golpe y sin explicación, tal como ha comenzado. K. no puede creerlo, no lo aceptará. Después de pretender usarla como influencia para llegar al Castillo, de abandonarla aunque no del todo para irse a enamorar a otras, resulta que realmente está enamorado de ella. Quien explica semejante contradicción es la criada que ha reemplazado a Frieda en la posada: "Estás enamorado de Frieda porque acaba de dejarte. Es fácil estar enamorado cuando ella está lejos". De manera que K. no ama a la Frieda de carne y hueso. Se enamora de una Frieda inmaterial, del todo inalcanzable, como el Castillo. Cuando al fin se decide a cumplir su promesa de amor, Frieda sale de su alcance, desaparece, sumergida en la niebla que se cierra como telón de la tragedia, engullida por la oscuridad del Castillo al que vuelve arrepentida de la mano de Klamm. Frieda convertida en una Dulcinea del Toboso, mujer insignificante, feúcha y avejentada que, por inasible, por irreal, se vuelve objeto de su amor. Frieda es ahora lo sublime inalcanzable. Acaso no haya mejor definición de lo que podríamos llamar 'amor kafkiano'. 

martes, 11 de junio de 2013

Máquina del tiempo (únicamente pasado)

Funciona si la sangre da una vuelta completa al revés.

viernes, 17 de agosto de 2012

¿De qué hablamos?


Hoy en día casi nadie mueve un dedo si no es por dinero. Cuando abrí este blog, mi objetivo era publicar textos que implicaran un trabajo gratuito, fuera de la lógica de esfuerzo-recompensa, por puro gusto pues. Y tuvo su encanto. Pero eran otros tiempos. La verdad es que ha dejado de ser tan emocionante. He seguido publicando por error, asumiendo que es mi obligación expresarme, decir algo. Creo que esa actitud es uno de los grandes problemas que tiene esta sociedad a la que pertenezco. Somos azuzados a expresarnos, todo el tiempo. Mucha gente no se expresa porque tenga algo que decir, se expresa porque tiene que decir algo, porque todos están esperando que diga algo. Quedarse callado es tabú, el silencio es escandaloso. Si no publicas tus puntos de vista en Facebook, si no tuiteas tus gustos musicales o tu posición política, no existes. Si no estás diciendo lo que piensas cada diez segundos, es necesario verificar tus signos vitales. Y así cada día es más grande el enjambre de personas que opinan sobre todo, expertos en política que también son connaisseurs de cine, son directores técnicos de futbol y además se tutean de toda la vida con Faulkner o con la última celebridad literaria muerta. No falta la chica engreída que regaña a todos en las redes sociales por decir "olimpiadas". No son olimpiadas, nos instruye: olimpiada es el período de cuatro años que transcurre entre cada edición de los Juegos Olímpicos; lo correcto es decir, precisamente, Juegos Olímpicos. Y esta confusión leída en Wikipedia se convierte en verdad categórica para ella y sus amigos, quienes al parecer jamás han visto que las medallas olímpicas dicen: "Olimpiada". Están también los opinólogos perspectivistas que se contradicen sin darse cuenta. Por ejemplo, personas que protestan contra la manipulación que ejerce Televisa y son incapaces de reconocer la propaganda derechista en la última de Batman, cinta que los llena de admiración y los conmueve hasta el llanto. A decir verdad, la mayoría de nosotros no tenemos la menor idea de lo que estamos hablando. Lo ignoramos casi todo y sin embargo nos sentimos cómodos prodigando nuestra supuesta sabiduría. Pienso a menudo en el título de aquel estupendo relato de Carver: De qué hablamos cuando hablamos del amor, en el que dos parejas conversan sobre el amor y se quedan a oscuras, inmóviles, sin comprender casi nada de lo que han dicho. La verdad es que no sabemos de qué hablamos cuando hablamos del amor, ni de tantas otras cosas. Y digo nosotros porque yo estoy igual. Ya lo ven, toda esta parrafada para explicar el ánimo de depurar mi blog, borrar una buena cantidad de entradas y, en adelante, postear sólo aquello que sea para mí absolutamente necesario decir. Antes creía que si dejaba de publicar iba a perder a mis tres lectores. Ahora eso ya no me inquieta, lo más probable es que ya los haya perdido. Quizá no vuelva a publicar nada nuevo en los próximos 16 años, acaso sea menos tiempo, dos días, quién sabe, qué más da.

viernes, 20 de enero de 2012

Si yo hubiera

A todos aquellos que me dicen que «el hubiera no existe», les tengo noticias, alcornoques: el hubiera SÍ existe, es el tiempo pretérito pluscuamperfecto del subjuntivo, y sirve para hablar de acciones de cumplimiento imposible, que tal vez nos arrepentimos de no haber realizado; algo que pudo ser pero no fue. Pluscuamperfecto viene del latín plus quam perfectus, que significa «más que perfecto». Por ejemplo: Si yo hubiera ido al concierto de Morrissey el año pasado, mi felicidad por ello sería más que perfecta, y ya podría suicidarme tranquilo.




No se crean, nomás quería expresar que el hubiera sí existe y tiene un nombre bien padre. Y que me gustan las fotos de cementerios viejos y lejanos.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Y allá al fondo, en el oscuro diciembre, el fin del mundo. O bien, el viraje drástico hacia el comienzo de una nueva era, la invención de un nuevo mundo. No hay nada de malo en vivir este año que viene como si fuera el último.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Oootra lista sobre lo mejor del 2011

Nap, no es lo mejor del 2011. Es una lista de la música que me emocionó este año, no espero que les guste a todos. Más que álbumes, reseño aquí las rolas que más me gustaron. La verdad es que no estuve muy atento a los nuevos lanzamientos. A lo mejor ya llegué a la edad en que escuchas más música vieja que nueva, así que seguro hay varias canciones que también me parecieron buenas pero no las recuerdo tanto o no les doy el lugar que merecen. No hay un número preestablecido, como "top 10" y así, simplemente puse las que me gustan y las jerarquicé. Supongo que aún me falta escuchar mucho de lo que se hizo en 2011. Lo más seguro es que esta lista cambie con el tiempo.

15. Gary Numan. Resurrection. Vuelve Numan con un álbum que resucita sintetizadores macabros de otros tiempos, convenciones electro de las que él fue visionario, al mismo tiempo que incorpora imaginería sónica digital de cuño reciente. Sin ser novedoso (suena como un viejo ‘frankenstein’ robot que camina lenta y pesadamente, arrastrando circuitos y pedacería de sintetizadores), 'Dead son rising' es un álbum que contiene algunos tracks brillantes.



14. Tim Hecker. The Piano Drop. Con un título perfecto, cargado de significados que cristalizan en una genial combinación de arte sonoro e imagen, este tema del álbum ‘Ravedead 1972’ crea una atmósfera que parece salir de un subwoofer arruinado a punto de explotar y se va depurando hasta alcanzar un clímax de nitidez que deslumbra. Subir el volumen al máximo y revisar al final si no sale humo de las bocinas.



13. TV on the radio. Will do. Del impresionante álbum-película 'Nine types of light'. TV on the radio continúa sorpendiendo con rolas de gran creatividad, combinatoria de rock, funk y soul, en un álbum con un mensaje profundo acerca del amor y el enamoramiento. La película completa merece un vistazo.



12. Friendly Fires. Live those days tonight. Friendly Fires continúa su aventura sonora con un plato de exquisita sencillez melódica, galvanizado con electrónica bailable, a veces retro a lo Daft Punk, a veces funky, a veces sensualmente lenta, sintetizadores soñadores y un poderoso ritmo que electriza el cuerpo. Semejante al arte visual del disco, el tracklist resulta un brillante crisol de colores sonoros.


11. Juan Cirerol. Corrido Chicalor. ¡Ajúa! El originario de Mexicali, Baja California, sorprende con su reinvención del corrido mexicano con tendencia country y actitud punk. Cirerol es una especie de cruza entre el Piporro, el Pirrurris y Johnny Cash. Desparpajado y parrandero, el Cirerol tocará en el próximo Vive Latino y se puede esperar que haga mucho escándalo este año que viene.

10. Nils Frahm. For. El brillante compositor alemán Nils Frahm lanzó este año un EP con dos tracks ('For' y 'Peter') de sobrecogedora belleza, capaces de brindar sosiego a los espíritus atormentados. No se trata de sonidos para poner de fondo, como se ha dicho por ahí, sino de música para escuchar en primera fila y con el corazón a todo volumen.




9. Zun Zun Egui. Katang. ¿De dónde salió esta extraña, heterogénea banda? No había tenido noticia de ellos hasta este año y puedo decir que me volaron la tapa de los sesos con su entusiasmo progresivo-krautrockeado, sonidos que no escuchaba hace mucho tiempo. Este corte del album 'Katang' muestra el elaborado mestizaje de géneros que se impone como una salida a la mediocridad que parece imperar entre las escenas rock actuales.


8. The Kills. Future starts slow. The Kills nos deleitaron este año con un disco sucio, ruidoso y sexy. En este segundo single, las voces juntas de Jamie Hince y Alison Mosshart suenan compactas, sugestivas, elocuentes, sobre tambores duros, profundos, ordenados y guitarras intermitentes para lograr un sonido crudo muy disfrutable.



7. Battles. Ice Cream. Gran tema del álbum 'Gloss Drop', uno de los más raros del año. Empieza como la marcha de un bizarro carrito de helados, acompañada de un siniestro jadeo (más tarde parece que alguien está apaleando o torturando al heladero) y se convierte en una canción de verano con frenetismo rock-electrónico que recuerda a Fatboy Slim.


6. Cake. Long time. La banda originaria de Sacramento, California, da un golpe de timón con su álbum 'Showroom of compassion', cuyo destacadísimo corte Long Time es uno de los que no me he cansado de escuchar una y otra vez este 2011.



5. The Strokes. Taken for a fool. Temazo del álbum 'Angles', de una banda que dominó el panorama rock durante la última década. Francamente no es un gran álbum, está muy por debajo de sus anteriores entregas, pero temas como éste refrendan el lugar al sol que tienen en la historia del rock.



4. Radiohead. Morning Mr. Magpie. Como es usual, el nuevo álbum de Radiohead, 'King of limbs', sorprendió a todo mundo. Recuerdo que su lanzamiento fue anunciado para cierta fecha y adelantado sin previo aviso. Eso fue... no sé, como si adelantaran la navidad, o algo así. Como otros trabajos de Radiohead, no es un álbum que guste mucho a la primera escuchada. Uno debe dejarlo actuar y crecer en la propia sensibilidad hasta que su verdadera belleza toma forma.


3. Danger mouse & Daniele Luppi ft. Jack White. Two against one. El productor Danger Mouse se alía con Daniele Luppi para crear el majestuoso álbum 'Rome', alarde de creatividad y conocimiento de técnicas musicales, arreglos orquestales deslumbrantes y melodías de gran sensualidad. Aquí colaboran con Jack White (otro Rey Midas musical) para ofrecer un tema que sin duda perdurará como uno de los mejores de 2011.



2. Tom Waits. Bad as me. La poderosa y retorcida factoría musical de Tom Waits brinda otro álbum de gran acabado, el número 17 de su carrera. En este tema se concentra el estilo inconfundible de Waits, con su voz rugiente sobre una atmósfera sombría, pianos de cabaret, metales burlones, guitarras siniestras, armónica soñadora; todo sazonado con líricas desparpajadas e impredecibles: Eres la punta de la lanza / eres el clavo en la cruz / eres la mosca en mi cerveza / eres la llave perdida / eres la carta de Jesús en la pared del baño / eres la madre superiora vestida con sólo un brassiere / eres tan malo como yo.

1. The Horrors. Endless Blue. Es difícil decidir cuál es el mejor tema del álbum 'Skying', con el que The Horrors dieron el gran salto que ya se preveía en su anterior 'Primary Colors'. Elaborado con una marca que The Horrors han patentado desde dicho álbum anterior (la canción dentro de la canción, cuya forma fue trazada en la deslumbrante Sea within a sea), este tema empieza como una tarde soleada en la playa y se transforma abruptamente en una frenética aventura rocker, con saturadas guitarras reminiscentes de Smashing Pumpkins y un trabajo vocal cercano a David Bowie.


martes, 22 de noviembre de 2011

Paquear

Alguna vez dije que el box es un deporte de uno contra uno en el que siempre gana Pacquiao. Cuando supe del tercer capítulo de Márquez vs. Pacquiao, dije con la misma impasibilidad: va a ganar el pinche filipino. Entre mis amigos me convertí en la pinche Malinche, pero tuve razón. Y es que Pacquiao le ganó a todo México, aunque no le ganó. En realidad ganamos, pero perdimos. ¿Acaso no es lo que nos pasa seguido? Y luego qué sorna, qué delectación el verbo pacquiar: Dícese de la acción de robar, asaltar, embaucar, agandallar, desfalcar. Sinónimo de hurtar. Ejemplo: "Me pacquiaron el celular en el camión". "No me vengas con que a Chuchita la pacquiaron". "Pacquiao que roba a Pacquiao..." La palabra me sonaba de algo y la busqué en el diccionario de la Real esa madre, y ¿qué creen que me encontré?: paquear2. (De paco1). 1. tr. Ur. En lenguaje juvenil, engañar (inducir a tener por cierto lo que no lo es).

Jajajajaja

sábado, 5 de noviembre de 2011

Si hay algo peor que ser viejo es ser un viejo pendejo :O

miércoles, 17 de agosto de 2011

«Comunicación en tiempo real». Ja, no mamen. ¿Qué es lo que entienden por «tiempo real»?

domingo, 17 de julio de 2011

Cuando Lope de Vega escribía algo nuevo había cierta trivialidad: una nueva obra suya era como añadirle un pelo a un gato.

jueves, 7 de julio de 2011

¡Ya cállate, carajo!

Hola, hace rato estaba pensando que mis maestras de prepri y primaria tienen la culpa de que yo sea tan antisocial. Cuando era niño hablaba todo el tiempo con todos, y en el salón las maestras verracas se la pasaban poniéndome sellos de periquitos en mis cuadernos (también me ponían puerquitos porque tenía los cuadernos llenos de mugre, mojados o con restos de comida, pero ésa es otra historia). La boleta de calificaciones, que debía mostrar a mis padres para que la firmaran, venía con la advertencia: "que ya no platique tanto". Mis papás, molestos, me decían: no platiques en clase, hijo, para eso está el recreo. No entendían que el recreo era para jugar, no para platicar. Y aunque las maestras me sentaran en la primera fila en el salón, no podía evitarlo: tenía tantas cosas que decir. Así que seguí plática y plática hasta que la maestra explotó en plena clase: ¡Federico! ¡Ya cállate, carajo! ¡Eres un perico! Me gritó más fuerte que a los demás, su grito sigue reverberando en mis oídos. No me quedó más remedio que obedecer, me sentí herido pero decidí que ya era suficiente, que podría decir todo lo que tenía que decir en el recreo. Pero cuando llegó la hora del recreo los niños se burlaban de mí, apenas abría la boca, me decían: ¡ya cállate! ¡carajo, cierra el pico!, y se carcajeaban. Recuerdo con hiriente nitidez a una niña de colitas y calcetas con pompones que me gritó: ¡Federico Perico! ¡Federico Perico!... ¡Feperico! Ésa fue la puntilla: a partir de ahí, mi nombre fue Feperico. El coro de los mocosos que formaron una rueda en torno a mí fue atroz: ¡Feperico! ¡Feperico! ¡Feperico! Paradojas de la vida: Feperico ya no hablaba con nadie: desde entonces me volví huraño. Ahí empezó mi largo mutismo, por no decir autismo. Mi espíritu, hasta entonces volcado hacia los demás, se dio media vuelta y se dirigió hacia mí: conocí los placeres y desazones de la introspección. Pude haber muerto de depresión, la mordaza cruel que me habían impuesto en la escuela me asfixiaba, pero afortunadamente apareció casi de inmediato un nuevo grupo de amigos con los que podía seguir conversando, pero en silencio, casi en secreto: los escritores y los personajes literarios. No sé si quienes me leen en México se acuerden, pero uno de los libros de Español de la SEP incluía el magnífico cuento "Los dos reyes y los dos laberintos", de Borges. No puedo describir el asombro que me provocó leerlo. Leer por primera vez a Borges es una experiencia invaluable que le deseo a los millones de niños que están en la escuela ahora mismo. En mi caso, su lectura supuso un deslumbramiento tan grande, que me empujó a leer todo lo que fuera posible encontrar de Borges y de los muchos otros autores en los que él se desdobla, a quienes he descubierto a través de él, y cuyas páginas han iluminado todos y cada uno de mis días hasta hoy. Desde entonces sé que el silencio permite otro tipo de diálogo, mucho más profundo y lleno de emoción y sentimiento. La literatura me ha permitido volver a ser el niño que habla y habla y habla pero también escucha, también sabe estar en silencio. Ya no soy tan huraño, hablo con quien quiere dialogar, y agradezco a quienes me impusieron el silencio en mi infancia porque sé que si no lo hubieran hecho yo seguiría hablando sin freno, pero diría puras pendejadas, como ellos, baste decir.

domingo, 6 de febrero de 2011

:( (((((((((((((((((((((((((((♫))))))))))))))))))))))))))) :)

lunes, 31 de enero de 2011



Si tuviera una cadena de televisión, pasaría los paralímpicos completos. Más interesantes que el Necaxa-Correcaminos, por ejemplo.


domingo, 30 de enero de 2011

No quisiera darte el avión, te doy el tren. Si quieres.

jueves, 9 de diciembre de 2010


Al que ayuda, Dios lo madruga.

lunes, 18 de octubre de 2010

Las agendas dicen que primero va la muerte y luego el cielo, primero el día de muertos y luego la navidad. Tim Burton escribió The nightmare before Christmas pensando en lo curioso que resulta que en estos meses se combinen la navidad y la muerte. Sin la navidad, el invierno sería la estación más deprimente del año. Todas esas mentiras alegres o fantasías que sostienen la ilusión de la navidad, mitigan la amargura del ambiente frío y grisáceo que la naturaleza prodiga durante esta temporada. El año termina (y empieza) en medio de un frío sañudo que agrieta la piel. El frío hace más visibles a los indigentes, como si los regresara a la vida. Los indigentes son los verdaderos protagonistas de la navidad, porque es el período del año en que se les presta mayor atención. La moral de la navidad implica una compasión ante el triste baile de esqueletos tiritantes que inútilmente huyen del frío. Una piedad por los que siempre pierden. Todo va palideciendo hasta sumirse en tinieblas y revelar el mundo podrido de la miseria. Qué cantidad de fantasías necesitó crear esta sociedad para no sucumbir ante semejante miseria que agrieta el corazón. Cuánta imaginación fue necesaria para convertir esta temporada desolada en un sueño feliz de muñecos de nieve, renos voladores tirando de trineos, ángeles y reyes magos en las vitrinas de las tiendas, pinos que fructifican en manzanas de vidrio soplado, casas de juguete y estrellas que crecen de sus ramas ataviadas con guirnaldas y luces parpadeantes, copos de nieve cayendo en cada recuerdo del año que está acabando. Qué gran marihuanada es la navidad. Cuando era niño, una vez entré en una tienda K2 y todos los muebles estaban cubiertos de esferas diminutas de unicel, nieve hecha de espuma plástica. Mi cabeza de niño creyó que los muebles se vendían con todo y unicel, y la idea de vivir entre esa nieve de utilería me pareció de lo más divertida. Claro que en esa época creía también en los Reyes Magos. Lo he recordado hoy que veía este episodio de La Dimensión Desconocida, en el que un borracho que trabaja de Santa Claus en un almacén le pregunta a un cantinero: ¿por qué supone que en realidad no existe Santa Claus? ¿Por qué no hay un verdadero Santa Claus para niños como ésos?





lunes, 11 de octubre de 2010

Ayer que fue domingo imaginaba a cada uno de ustedes buscando el modo de descansar y olvidarse de los problemas que tienen encima, espantarse el síndrome de mañana es lunes, el horror concéntrico de los domingos. Los imaginaba evadiéndose, en la televisión, en los videojuegos, en la música. O en el internet echando un vistazo a la vida de sus amigos vía Facebook, viendo las fotografías de tiempos más felices, escribiendo comentarios de a ver cuándo nos vemos que tímidamente son llamadas de auxilio, aderezadas con gracejos o caritas smiley para no parecer muy serios, la seriedad es tabú. Cuando se lleva una vida sedentaria hay que vivir huyendo del aburrimiento. La semana pasada escuchaba a un filósofo calvo y obeso decir que pasa demasiado tiempo rascándose la nariz, y que si al final de su vida hiciera un recuento de ese tiempo resultaría que se pasó varios meses rascándose la nariz. Bien podría contabilizar también el tiempo en que se rasca la cabeza, la espalda, los brazos, los muslos, los pies, y entonces resultaría, me temo, que la vida se le desmoronó en rascarse, una cifra alarmante de tiempo perdido. ¿Qué es el tiempo? ¿Un despilfarro cósmico? ¿Una imprudencia de Dios? Qué difícil resulta a veces dotar de sentido pleno al tiempo que transcurre, qué triste resulta no poder detener los momentos felices, congelar el tiempo y que la vida ya no se escape de nosotros, y también qué difícil es encontrar de verdad ese instante que querríamos que durara para siempre, la cima absoluta de nuestras vidas, desde la cual podríamos sentir el impulso que Goethe infundió a Fausto y decir: "¡Detente, instante, eres tan bello!" Resulta por demás complicado identificar ese momento, saber que será la cúspide, el desiderátum de toda una vida. Y, en realidad, no creo que sea muy grato identificarlo, porque en el fondo siempre quedará la duda y, más aún, el deseo de un instante más bello. Esa posibilidad se irá desvaneciendo conforme se acerque la muerte, y quién sabe si al final podremos distinguir cuál fue la cima de nuestra vida. 'Siempre' es una palabra absurda, mentirosa. La luna nos parece eterna, que siempre estará ahí, pero sólo la veremos un número limitado de veces, de hecho muy pocas, igual que los ojos de una niña bonita o la sonrisa de la madre. Y sin embargo, la luna también puede aburrirnos. La llegamos a ver con el mismo entusiasmo con que nos rascamos la oreja mientras bostezamos. Hay que buscarle alguna novedad para no llegar a odiarla o considerarla estúpida, otra ocurrencia chusca de Dios; hay que buscarle el conejo, imaginar que a lo mejor es un disco y que algún día saldrá volando y no volverá a ser vista por ojos humanos, o que es un holograma o una esfera de lata hueca que los antiguos pusieron en órbita hace millones de años. Sólo así la luna volverá a resplandecer y seguirá siendo objeto de maravilla, en la medida en que podamos encontrarla variada, nueva, inventarle historias emocionantes. Y así para todo. No es fácil ver por enésima vez la entrada de Los Simpsons y volver a encontrarla graciosa, quererla íntimamente, recordar porqué la serie es tan buena, porqué al final valió la pena haber pasado tanto tiempo frente a la tele para verla. Si no existe la capacidad de variación, si la vida llega a ser a tal grado monótona que nos parezca que la hemos desperdiciado en rascarnos la nariz, como aquel dizque filósofo, creo que nos exponemos a una cruel implosión de serotonina y a una depresión atroz.

Toda esta chaqueta senti-mental para compartirles la nueva entrada de Los Simpsons dirigida por Banksy (seguramente ya la vieron). Es amarga y al mismo tiempo hilarante. La gran comedia de nuestras juventudes perdidas está al aire en una cadena televisiva de right wing, propia de un país que exporta esclavitud y racismo, pero sabe hacerlo sacándote una sonrisa. Toda realidad tiene dos caras, un lado oscuro, como la luna.

lunes, 29 de marzo de 2010

Descarga gratuita

En un mundo que se caracteriza por la saturación, el caos y la incertidumbre, se hace necesaria una dietética de la información (véase Baudrillard). Todo ha de compactarse, hacerse ligero, o perecer. No debe perderse el tiempo en profundidades o digresiones, el tiempo es oro. Ofrezco aquí algunas aplicaciones comprimidas que espero les sean útiles.

ternura.zip
eternidad.zip
universo.zip
risa.zip
sonrisaconvenenciera.zip
perseverancia.zip
poesía.zip
milagro.zip
miedo.zip
liguedeborracho.zip
máquinadeltiempo.zip
dientedeleón.zip
déjàvu.zip

Saudade.zip

Photobucket

¿Un poco de saudade en este lunes lluvioso?


lluvia.zip saudade.zip

(abrir al mismo tiempo ambos enlaces en dos tabs independientes)

domingo, 21 de marzo de 2010

Diente de león

A más de uno le habrá ocurrido que lo persiguen ciertos objetos. A alguien lo acosa una moneda, un mueble, una planta, una bicicleta, una palabra. Philip K. Dick fue perseguido por robots de juguete e insectos que hablaban y se reían de él. Su literatura de la paranoia, sobre todo en su vertiente cuentística, es más una metafísica que una ciencia ficción. Hace de la materia inerte, las plantas y los animales, mucho más de lo que a simple vista parecen ser, los pone como almas en el terreno de la vida.

Es curioso cómo a veces los objetos parecen aliarse, el modo en que pueden producir una acentuación unilateral de temas específicos que insisten, vuelven y se mimetizan en miles de figuras a través de la vida. Es el caso, para mí, de la achicoria, mejor conocida como diente de león. La veo con frecuencia, la sueño, a veces estoy un poco harto de ella. No sé qué es lo que quiere decirme, o por qué es tan importante, pero le pongo toda la atención de que soy capaz.

La aparición siempre está ligada a la idea o a la experiencia del viento y al azar.

Así en la fotografía llamada Lorsque le vent viendra (Cuando el viento vendrá) de Gilbert Garcin

.


En el poemario Diente de León de Jesús Bartolo (click para agrandar)
























A veces estoy a punto de pisar el diente de león, y al final, casi al azar, me sale una foto casi decente yo que rara vez tomo fotos.


lunes, 8 de febrero de 2010



El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible



-Oscar Wilde






La luz es el primer animal visible de lo invisible



-José Lezama Lima






domingo, 6 de diciembre de 2009

¡Salud!


Un sofisma:

1. El 44% de los accidentes automovilísticos en la ciudad de Querétaro son provocados por conductores que bebieron alcohol.

2. Los sobrios chocan el restante 56%.

3. Para reducir los accidentes automovilísticos es necesario que la gente beba más seguido antes de manejar.

¡Felices fiestas!



martes, 24 de noviembre de 2009

Bourbon Orca

La característica más particular de los nuevos barcos del grupo Ulstein (Noruega) es la proa llamada X BOW. Son embarcaciones diseñadas para navegar en condiciones climáticas extremas; su proa invertida actúa como rompeolas que permite mantener la velocidad a pesar del mal tiempo. En 2005, Ulstein recibió por este diseño el premio Proeza de Ingeniería. El primer barco con este tipo de proa, el Bourbon Orca, recibió el premio Barco del Año 2006 de parte de la publicación nórdica Skipsrevyen y de Offshore Support Journal.

El nombre de Orca queda como anillo al dedo. La nave tiene el aspecto de un monstruo marino, una horrible ballena.



El video anterior tiene algo siniestro y triste... Muestra un aspecto mórbido de la humanidad: el mediocre intento de dominar la naturaleza.

También hay cierta belleza en ello.

miércoles, 28 de enero de 2009

En la parodia interminable del loquero kitsch, parodia de parodias, nació un nuevo esperpento que se une a personajes como el famoso Che-Pillín o el muy siniestro Batman Forever*:





A algún diablo en Estados Unidos se le ocurrió que podría comercializar souvenirs de Obama Bin Laden a.k.a. Barack Osama, camisetas, tazas, gorras, botones. Pero en el país de la Primera Enmienda el chiste no es chistoso: le negaron la patente al entusiasta emprendedor de Miami que soñaba con easy money patrocinado por Obama Bin Laden a.k.a. Barack Osama. El american citizen lo tomó con mucha calma y dijo bonachón al Miami Herald: "No estoy tratando de decir que Obama es un terrorista. Es algo de lo que hablé con mis amigos y nos reímos bastante".

En Estados Unidos es bastante común hacer chistes sumamente manchados sobre los políticos, es un derecho de los ciudadanos, plasmado, como queda dicho, en la Primera Enmieda. Pero la Casa Blanca no tolera la propaganda negra. Ni de chiste. La campaña inició con la circulación de una fotografía de Barack Obama vistiendo turbante a los 46 años, en ese entonces se dijo que Barack Obama era un "terrorista disfrazado". Lo paradójico es que esa campaña la inició... Hillary Clinton.


No es la única asociación simbólica de Obama con el terrorismo. Barack Obama se llama Barack Hussein Obama. Es su nombre: Hussein, resaltado con insistencia en los media estadounidenses. Para conjurar estas ligas simbólicas con el terrorismo sin parecer yanqui a ultranza o versión negra de George W. Bush, el ahora presidente Obama ha dicho que Estados Unidos no es enemigo del mundo musulmán, incluso ofreció la mano a los musulmanes en la televisora Al Arabiya diciendo: "Que la mano se abra o no depende realmente de ellos”, y marcó como una de sus prioridades en la guerra contra el terrorismo "capturar o matar" a Osama Bin Laden, donde quiera que esté.

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Si Obama encuentra a Osama y lo captura o lo mata, es cosa que nadie sabe ni se atreve a pronosticar. Puede que Osama encuentre a Obama primero y lo mate. Es una moneda al aire, un gato con tres pies o una partida de ahorcado que sólo terminará, como dicen las hermanas fatídicas en Macbeth, "cuando la batalla esté perdida y ganada".

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Posdata del 27 de marzo de 2009: Cabe también la posibilidad de que el mismo Barack Osama a.k.a Obama Bin Laden a.k.a. Barack Hussein, a pesar de tanta compasión que inspira su heroísmo democrático y su color políticamente correcto, se desfigure o se ennegrezca con el tiempo hasta revelarse como un terrorista él mismo. Trátame de loco, pero creo que en momentos como éste la Unión Americana sólo puede ser gobernada por un terrorista, es decir alguien que sepa manejar el terror. Acaso Obama y Osama nunca lleguen a encontrarse y sólo muera la carne de cañón, los millones que estamos en medio de la épica madriza que se dan estos dos, poderosos y locos como dioses. No podemos esperar que se bajen del caballo y se rifen un tiro derecho, mano a mano y el que gane tiene la razón, como sucedía en la antigua Grecia si hemos de dar crédito a lo que leímos en Homero.

Posdata del 2 de mayo de 2011.



* Batman Forever fue realizado por el gran Beto Oliva; si les gustó, visiten su blog: http://soybeto.blogspot.com/