lunes, 26 de diciembre de 2016

El día que el terror invadió el parque

Encuentro en este artículo, publicado en marzo de este año por el New York Times, sobre el ataque con bombas en el parque Gulshan-e-Iqbal, en Lahore, Pakistán, un resumen de este 2016 que termina y, quizá, algo más, una advertencia, una ominosa señal de alerta y una teoría en clave sobre la muerte de la humanidad.

jueves, 22 de diciembre de 2016

2+2=5. Un recuento ilógico de 2016



«Si el Führer lo quiere, dos más dos serán cinco»
-Frase atribuida a Hermann Göring


La pregunta era tan ingenua como extraña su insistencia. ¿Puede ganar Donald Trump? A quienes me hacían tal cuestionamiento les respondía siempre lo mismo: no debe confundirse lo imposible con lo inusitado, Donald Trump puede, al igual que cualquier otro ciudadano estadounidense, ser presidente de Estados Unidos. Que sea más o menos probable, es otra cosa. Y eso es lo que deberíamos cuestionarnos, qué tan probable es. En todos los casos, quienes obtenían esta respuesta procedían a enlistar argumentos para refutarme. "Por favor, Trump no va a ganar, es un candidato impresentable, un misógino, un mitómano, un ignorante, un racista". "No tiene apoyo popular, vamos, ni siquiera tiene todo el apoyo de los republicanos". "El voto latino y el voto femenino lo van a vencer, ¿qué no has visto que va abajo en todas las encuestas?" Y es que 'Trump presidente' era, entonces, para muchas personas, una proposición imposible, ilógica, irracional. Como '2+2=5'. Cuando el entendimiento no puede abarcar un fenómeno inaudito, los argumentos en contra nacen y se multiplican por generación espontánea. Y trump ganó. Logró lo que a millones de personas les parecía imposible. Lo logró a pesar de la razón, de la lógica y las matemáticas: obtuvo menos votos y ganó. Sumó dos más dos y obtuvo cinco. Resulta inaceptable para la razón y para nuestro sistema de valores, pero es un hecho y debemos asumir que, de ahora en adelante, si realmente queremos comprender el mundo en que vivimos, será necesario mirar mucho más allá de nuestras narices y nuestros teléfonos y nuestras redes sociales y nuestros satélites. Es indispensable ampliar nuestra óptica y nuestros criterios objetivos de juicio porque lo que acaece en este momento, los sísmicos cambios sociales, políticos y ambientales que atestiguamos, atónitos, hechos que en otro tiempo podíamos juzgar imposibles, fuera de nuestro entendimiento, no son otra cosa que la renovación del devenir humano bajo la forma de una súbita irrupción violenta de la Historia, un nuevo levantamiento de lo que Jean Baudrillard llamaba “la huelga de los acontecimientos”, algo que no ocurría desde el ataque a las Torres Gemelas en 2001. Porque el 2016 fue el año de la destitución de la primera mujer presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, del “no” al acuerdo de paz con las FARC, del Brexit, del recrudecimiento de las hostilidades en Siria, Irak, Afganistán, Nigeria, Yemen y otros países, de la crisis de los refugiados, de varios atentados terroristas en el corazón de Occidente, de la narcoviolencia y los crímenes contra derechos humanos en México (frente a los cuales Trump parece una amenaza menor), la corrupción imperante y la cleptomanía descarada de los depredadores políticos que llamamos "gobernadores" y tantos otros acontecimientos en los que dos más dos sumaron cinco. Fue el año en que regresó al mundo el nacionalismo miope que había sido derrotado en la Segunda Guerra Mundial. Fue el año en que la frivolidad de los reality shows —que yo creí extintos hace varios años— tomó el poder de manera contundente y definitiva. Fue el año en que millones de personas permitieron que Facebook y Google decidieran por ellos qué les interesa ver, leer y escuchar y qué no. Fue el año en que Facebook se convirtió en un noticiero global al que todo le creen y les miente. En suma, un año que nos ha dado lecciones muy duras sin la asimilación de las cuales no podremos sobrevivir en 2017 y los siguientes años, que pintan bastante difíciles. Y también, por si fuera poco, en 2016 se fueron varias personalidades fundamentales para nuestra cultura en distintos ámbitos, Mohammed Alí, Umberto Eco, Harper Lee, David Bowie, Prince, Pierre Boulez, Leonard Cohen, George Martin, Keith Emerson, Greg Lake y otras leyendas cuyos decesos parecen escenificar la desaparición de un mundo que ya ha cedido el lugar a nuevas generaciones. No obstante todo ello, y si se me permite el mal gusto de sonreír en medio de este gran funeral que fue 2016, debo reconocer que fue un buen año para mí, bueno a secas, pero bueno al fin por muchas razones intrínsecas que no vale la pena traer a cuento pero, sobre todo, porque he vuelto a escribir. Lo hice este año después de la abrumadora falta de tiempo que me agobió en los años recientes, del shock de haberme convertido en padre y de un bloqueo creativo que me hizo creer que todo había acabado para siempre. Y soy consciente de que la suspensión de mi escritura creativa, mi penosa agrafía, me obligó a replantearme lo que quiero de la literatura y del mundo literario, y retomar mi proyecto de una manera más honesta, alejado aún tanto del realismo ramplón como de la fantasía manida que parecen imperar en esta época, y sin embargo ahora tomando con mayor conciencia como fuente de inspiración mi propio yo como sujeto histórico, los efectos que en mí reflejan los tiempos que corren, pero también los aspectos de mi vida que parecen menos importantes, las pequeñas cosas que me salen al paso y que casi no se ven, cosas tan insignificantes que ni siquiera tienen nombre, cosas opacas que una mirada atenta o una palabra exacta vuelven traslúcidas; escribir de ello con una voz honesta y austera, una forma de decir sin rodeos, sin ampulosidad o demasía en las palabras, escribir con la entonación más clara y concisa que pueda hacer pasar a través de mi mente atribulada, contemplar todo como una gran pintura que se estira hacia cualquier parte, captar sus elementos vivos y sacarle un color o un brillo frotándola con los ojos, algo, magia dormida en el pasto marchito, en los dientes de león que ya ninguna emoción se detiene a soplar, un viso, un indicio, algo que me haga sentir más despierto; escribir como si sólo con mirar bastara, como si el reflector de la atención por sí mismo fuese capaz de iluminar el mundo y escanciar la prosa sobre la página, por gusto, porque la vida es corta, sólo motivado por esta voluntad de consignar, registrar, imprimir, esta obstinación de disparar imágenes sobre la pantalla, de mirar con fruición una presencia, una personalidad, un gesto, una sombra fugaz y transmitir todo ello como corriente eléctrica hacia mis dedos y dejarlo, intacto, sobre la página, de auscultar el tiempo y el espacio, de extraer poesía de las piedras, de lo que no es poesía, esta manía de observar que a veces me paraliza, me sustrae de las agitaciones sociales, de esa red de confusiones y voces que son los seres humanos, introduciéndome en una especie de trance, una duradera suspensión de ese yo que participa de la vida social, para sumergirme de lleno en ese otro yo que entiende, en ese oído que mira y ese ojo que escucha, en la otra conciencia que busca las formas generales, la experiencia que escudriña con respeto los andamios de palabras  que otros urden para sostener sus lujosos templos de ideas y luego se detiene, con modulada atención, con sincero amor, ante la emoción sencilla, la más clara y general de todas, tan clara y evidente como la luz de la mañana o como la sangre seca mezclada con mugre en las rodillas de un niño, o como el búho que improvisa un solo de blues sobre la rama de un árbol en un panteón en una noche de invierno; esa conciencia poderosa, paralizante, que algunas mañanas me ha aconsejado quedarme en casa, atrincherarme, esperar a que se calmen todos, que le bajen dos rayas a su ridículo mundo, o bien terminen de enterrarlo de una buena vez, mientras yo contemplo las pequeñas cosas y dejo que lentamente se difumine el día, como hoy, que me he quedado en casa observando cosas prodigiosas y he comprendido que también todo lo acaecido este año se lo tragará el remolino del tiempo, y que si bien la civilización como la conocíamos se terminó de ir por el caño este 2016, es ahora cuando debemos ser más humanos, lúcidos y atentos, cuando debemos hacerle la guerra creativa a la guerra destructiva, impugnar el capitalismo aplastante y, en última instancia, utópico, repudiar el asesinato, la esclavitud, la tortura y la violencia en general, apoyar a las mujeres, los migrantes, los homosexuales y todos aquellos que injustamente padecen discriminación y viven amenazados, y apoyar a los creadores y a los filósofos, a quienes mantienen viva la fuerza universal de la música y sostienen la realidad del arte, que en los años venideros será un oasis balsámico al que podremos recurrir en medio del desastre generalizado, si no queremos despertarnos un día de estos en una realidad aterradora, obligados a reconocer que, en efecto, dos más dos son igual a cinco.