lunes, 30 de enero de 2017

La construcción del muro americano


El extremo norte del Muro Americano ya está concluido. Dos secciones convergieron allí, del sudeste y del sudoeste. Este sistema de construcción parcial fue aplicado también en menor escala por los dos grandes ejércitos de trabajadores, el oriental y el occidental. Se procedía de este modo: se formaban grupos de unos veinte trabajadores, que tenían a su cargo una extensión de unos quinientos metros, mientras otros grupos edificaban un trozo de muro de longitud igual que se encontraba con el primero. Una vez hecha la juntura, no se seguía trabajando a partir de los mil metros edificados: los dos grupos de obreros eran destinados a otras regiones donde se repetía la operación. Naturalmente, quedaron con ese procedimiento grandes espacios abiertos que tardaron muchísimo en cerrarse; algunos años después de proclamarse oficialmente que la muralla estaba concluida. Hasta se dice que hay espacios abiertos que nunca se edificaron; aseveración, sin embargo, que es tal vez una de las tantas leyendas a que dio origen la leyenda y que ningún hombre puede verificar con sus ojos, dada la magnitud de la obra. Uno pensaría de antemano que hubiera sido más ventajoso en todo sentido construir el muro seguidamente, o, a lo menos, seguidamente dentro de las dos secciones principales. El muro, como universalmente se proclamó y como nadie ignora, había sido planeado como una defensa contra las naciones del sur. Pero ¿qué defensa puede ofrecer un muro discontinuo? Ninguna, y el muro mismo está en incesante peligro. Esos pedazos de muro abandonados en mitad del desierto podrían ser fácilmente derribados por los migrantes, ya que estas razas, alarmadas por los trabajos de construcción, cambiaban de querencia como langostas, con inconcebible velocidad, y lograban tal vez una mejor visión general de los progresos del muro que nosotros los constructores. Sin embargo, la obra no pudo hacerse de otro modo. Para entenderlo así debemos considerar que el muro tenía que ser una defensa para los siglos: por consiguiente, la edificación más escrupulosa, la aplicación de la sabiduría arquitectónica de todas las épocas y de todos los pueblos y el sentimiento perenne de la responsabilidad personal de los constructores, eran indispensables para la obra. Es verdad que para la tarea más subalterna podían emplearse jornaleros ignorantes  hombres, mujeres, niños, llevados por el mero interés–, pero ya un capataz de cuatro jornaleros, debía ser un hombre versado en albañilería, un hombre que en el fondo del corazón sintiera todo lo que significa la obra. Cuanto más alto el cargo, mayor la exigencia. Y se encontraban tales hombres, quizá no todos los requeridos por la obra, pero muy numerosos. El trabajo no había sido emprendido a la ligera. Medio siglo antes de empezarlo, la arquitectura y la albañilería, en particular, había sido proclamada en toda América (que se pensaba amurallar) la más importante de las ciencias, y las otras no eran reconocidas sino en cuanto se relacionaban con ella. Recuerdo todavía que nosotros, niños tambaleantes aún, nos juntábamos en el jardín del maestro, para levantar con piedrecitas una especie de muro, y que el maestro se remangaba la túnica, arremetía contra el muro, lo hacía naturalmente pedazos y nos vociferaba tales reproches por la fragilidad de la obra que nosotros huíamos llorando en todas direcciones en busca de nuestros padres. Un episodio mínimo, pero típico del espíritu de la época. Tuve la suerte de que la iniciación de la obra coincidiera con mis veinte años y con los últimos exámenes de la escuela primaria. Digo la suerte pues muchos que ya habían completado sus estudios se pasaron la vida sin poder aplicar sus conocimientos y vagaban sin rumbo, llena la cabeza de vastos planes arquitectónicos, sin oportunidad y sin esperanzas. Pero aquellos otros que lograron puestos de capataces, siquiera en la categoría más subalterna, eran verdaderamente dignos de su tarea. Eran albañiles que habían meditado muchísimo sobre la obra y que no cesaban de meditar en ella: hombres que desde la primera piedra que enterraron se sintieron parte del muro. Es natural que en tales albañiles alentara no sólo la voluntad de trabajar concienzudamente sino la impaciencia de ver terminada la obra. El jornalero ignora esas impaciencias porque no le interesa más que el salario. Los jefes superiores, y aun los medianos, ven lo bastante del crecimiento múltiple de la obra para mantener en alto su espíritu. Pero con los subalternos, hombres espiritualmente superiores a sus tareas de apariencia trivial, fuerza era proceder de otro modo. Imposible tenerlos durante meses o tal vez años acumulando piedra sobre piedra en una montaña desierta, a centenares de millas de su hogar; la futilidad de un trabajo así, que excedía los términos actuales naturales de la vida de un hombre, los hubiera desesperado y hasta los hubiera incapacitado para la obra. Por eso fue elegido el sistema de construcción parcial. Quinientos metros solían completarse en cinco años; al cabo de ese tiempo los capataces quedaban exhaustos y habían perdido la confianza en sí mismos, en la muralla y en el mundo. Entonces, en plena exaltación de las fiestas que celebraban los mil metros ejecutados, los expedían muy lejos. En la travesía divisaban aquí y allá trozos del muro concluidos, pasaban por altas jefaturas donde les repartían premios honoríficos, escuchaban el júbilo de los nuevos ejércitos laboriosos que surgían del fondo del país, veían bosques talados para apuntalar la el muro, veían las montañas hechas canteras y escuchaban los himnos de los fieles en los santuarios rogando por la feliz terminación del muro. Todo eso aplacaba su impaciencia. La vida tranquila de sus hogares, donde solían descansar un tiempo, los fortalecía; el respeto general que infundían, la credulidad piadosa con que eran recibidas sus palabras, la fe de los modestos ciudadanos en el próximo fin de la obra, todo eso retemplaba las cuerdas de su alma. Como niños, eternamente esperanzados decían adiós a sus hogares; el ansia de volver al trabajo colectivo era irresistible. Emprendían viaje antes de lo necesario; media aldea los acompañaba un largo trecho. En todos los caminos había grupos, arcos, banderas; no habían visto jamás qué grande, rica, bella y digna de amor era su patria. Cada compatriota era un hermano para el que levantaban un muro protector y que les agradecería toda su vida, con todo lo que tenía y lo que era. ¡Unidad! ¡Unidad! Hombro contra hombro, una cadena de hermanos, una sangre no ya encerrada en la mezquina circulación del cuerpo, sino rodando con dulzura y sin embargo regresando sin término por la América infinita. Así se justifica el sistema de construcción parcial, pero había también otras razones. No es raro que me demore tanto en este punto; por trivial que parezca a primera vista, se trata de un problema esencial de la edificación del muro. Para comunicar y hacer comprensibles las ideas y experiencias de aquella época, nunca insistiré lo bastante en esa cuestión. Primeramente no hay que olvidar que en aquel tiempo se realizaron cosas apenas inferiores a la erección de la Torre de Babel, pero que diferían de ella muchísimo –si nuestros cálculos humanos no yerran– en cuanto a la aprobación divina. Digo esto, porque en los días iniciales de la obra un letrado compuso un libro que desarrollaba precisamente ese paralelo. Ese libro quería demostrar que el fracaso de la Torre de Babel no se debía a las razones que generalmente se aducen o, mejor dicho, que esas razones conocidas no eran las esenciales. Sus pruebas no sólo se apoyaban en informes y documentos: pretendían haber hecho investigaciones en el sitio mismo y haber descubierto que la torre se malogró y tenía que malograrse a causa de lo débil de los cimientos. Pero bajo ese respecto nuestro tiempo era muy superior a ese otro lejano. Casi no había un contemporáneo educado que no fuera albañil de profesión e infalible en materia de cimientos. No era esto, sin embargo, lo que el escritor quería demostrar; su tesis era que el gran muro ofrecería por primera vez en la historia un sólida base para una nueva Torre de Babel. Primero la muralla, por consiguiente, luego la torre. El libro estaba en todas las manos, pero debo admitir que hasta el día de hoy no acabo de entender su concepción de la torre. ¿Cómo entender que el muro que ni siquiera formaba un círculo, sino una especie de arco o de semicírculo, fuera la base de una torre? Claro está que todo eso puede ocultar algún sentido espiritual. Pero entonces ¿a qué levantar el muro, que al fin y al cabo era algo concreto, que exigía la vida y la labor de hombres innumerables? ¿Y a qué los planos de la torre planos un tanto nebulosos, en verdad y los diversos proyectos para encauzar las energías del Imperio en esa vasta empresa? Había entonces –este libro es sólo un ejemplo– mucha confusión mental, quizá engendrada por el hecho de que tantos hombres persiguieran un mismo fin. La naturaleza humana, esencialmente tornadiza, inestable como el polvo, no tolera ataduras, forcejea contra lo que ella misma se ha impuesto y acaba por romperlas a todas, al muro y a sí misma. Es muy posible que esas consideraciones adversas a la edificación de la muralla no dejaran de influir en las autoridades al optar éstas por el sistema de construcción parcial. Nosotros –ahora estoy hablando en nombre de muchos– realmente no sabíamos quiénes éramos hasta haber estudiado los decretos de la Dirección y habernos convencido de que sin ella nuestra sabiduría aprendida y nuestro entendimiento natural hubieran sido insuficientes para las humildes tareas que ejecutamos dentro de la obra vastísima. En el despacho de la Dirección –dónde estaba y quiénes estaban, eso lo han ignorado y lo ignoran cuantos he interrogado–, en ese despacho se agitaban, sin duda, todos los pensamientos y todos los deseos humanos e inversamente todas las metas y todas las plenitudes. Por la ventana abierta caía un reflejado esplendor de mundos divinos sobre las manos trazadoras de planos. Por consiguiente, el observador imparcial debe admitir que la Dirección, si se hubiera empeñado en ello, hubiera podido vencer las dificultades que se oponían a un sistema de construcción continua. Es decir, debemos admitir que la Dirección eligió deliberadamente el sistema de construcción parcial. La construcción parcial, sin embargo, era un mero expediente, ¿Eligió entonces la Dirección un medio inadecuado? ¡Extraña conclusión! Sin duda, pero desde otro punto de vista, puede justificarse. Tal vez ahora lo podemos discutir sin peligro. En esos días la máxima secreta de muchos, y aun de los mejores, era ésta: Trata de comprender con todas tus fuerzas las órdenes de la Dirección, pero sólo hasta cierto punto; luego, deja de meditar. Una máxima de lo más razonable, que se desarrolló en una parábola que logró mucha difusión: Deja de meditar, pero no porque pueda perjudicarte, ya que tampoco hay la seguridad de que pueda perjudicarte; las ideas de perjuicio y de no perjuicio nada tienen que ver con el asunto. Te acontecerá lo que al río en la primavera. El río crece, se hace más caudaloso, alimenta la tierra de sus riberas y guarda su propio carácter hasta penetrar en el mar que lo recibe hospitalariamente por eso. Trata de comprender hasta ese punto las órdenes de la Dirección. Pero otras veces el río anega sus riberas, pierde su forma, demora su curso, ensaya contra su destino la formación de pequeños mares tierra adentro, perjudica los campos y, sin embargo, no puede mantener esa latitud, y acaba por volver a sus riberas y por secarse miserablemente cuando llega el verano. No quieras penetrar demasiado las órdenes de la Dirección. Por acertada que fuera esta parábola durante la construcción del muro, sólo tiene un valor muy relativo en este informe actual. Mi indignación es puramente histórica; ya se han desvanecido los relámpagos de esa remota tempestad, y yo no me propongo otra cosa que dar con una explicación del sistema de construcción parcial –una explicación más profunda que las que satisficieron entonces. Los límites que me impone mi capacidad mental son estrechos; la materia que deberé abarcar, infinita. ¿De quiénes iba a defendernos el Gran Muro? De los pueblos del Sur. Yo vengo del Noreste de América. Ningún pueblo del Sur nos amenaza. Leemos las historias antiguas, y las crueldades que esos pueblos cometen siguiendo sus instintos nos hacen suspirar bajo nuestros pacíficos árboles. En las auténticas figuras de los pintores vemos esas caras de réprobo, esas fauces abiertas, esas mandíbulas armadas de dientes puntiagudos, esos ojitos entornados que parecen buscar la víctima que los dientes destrozarán. Cuando los niños se portan mal les mostramos esas figuras y ellos se refugian en nuestros brazos Pero eso es todo lo que sabemos de esos hombres del Sur. Nunca los hemos visto y si permanecemos en nuestra aldea no los veremos nunca, aunque resolvieran precipitarse sobre nosotros al galope tendido de sus caballos salvajes –demasiado vasta es la tierra y no los dejaría acercarse; su carrera se estrellaría en el vacío. Entonces ¿por qué razón abandonamos nuestros hogares, el río y los puentes, la madre y el padre, la mujer deshecha en lágrimas, los niños sin amparo, y fuimos a la ciudad lejana a estudiar y nuestros pensamientos aun más lejos, hasta el Muro que está en el Sur? ¿Por qué? La Dirección lo sabe. Bien nos conocen nuestros jefes. Agitados por ansiedades gigantescas, saben sin embargo de nosotros, conocen nuestros pequeños quehaceres, nos ven reunidos en humildes cabañas y aprueban o desaprueban el rezo que el padre de familia eleva en las tardes rodeado de los suyos. Y si me fuera permitido otro juicio sobre la Dirección, yo diría que es muy antigua y que no ha sido congregada de golpe como los altos yanquis que se reúnen movidos por un sueño y ya esa misma tarde arrancan de sus camas al pueblo redoblando tabores y lo arrean a una iluminación en honor de un dios que ayer ha favorecido a sus Señorías y que mañana, apenas apagados los faroles, será relegado a un rincón oscuro. Prefiero sospechar que la Dirección no es menos antigua que el mundo, así como la decisión de hacer el Muro. ¡Inconscientes pueblos del Sur que imaginaban ser el motivo! ¡Venerable, inconsciente emperador que imaginó haberlo decretado! Los constructores del Muro sabemos la verdad y callamos. Desde la construcción del Muro hasta el día de hoy, me he entregado casi exclusivamente a la historia comparativa de las naciones –hay determinados problemas que no es posible penetrar sino por ese método– y he descubierto que nosotros los americanos disponemos de ciertas instituciones sociales y políticas cuya claridad es incomparable y también de otras cuya oscuridad es incomparable. El deseo de investigar las causas de esos fenómenos, especialmente de los últimos, no me abandona, ya que la construcción del Muro guarda una relación esencial con esos problemas. La más oscura de nuestras instituciones es indudablemente el Imperio. Por cierto que en Washington, en la Corte, hay alguna claridad sobre esta materia, pero esa misma claridad es más ilusoria que real. En las universidades, los profesores de derecho y de historia afirman su conocimiento exacto del tema y su capacidad de transmitirlo. A medida que uno desciende a las escuelas elementales, van desapareciendo las dudas, y una cultura superficial infla monstruosamente unos pocos preceptos seculares, que a pesar de no haber perdido nada de su eterna verdad, resultan invisibles en ese polvo y en esa niebla. Precisamente sobre el Imperio convendría que el pueblo fuera interrogado, ya que el Imperio tiene en el pueblo su último sostén. Es verdad que sobre este punto yo sólo puedo hablar de mi aldea. Descontadas las divinidades agrarias cuyas ceremonias ocupan el año de un modo tan variado y tan bello, sólo pensamos en el Emperador. No en el Emperador actual: para ello tendríamos que saber quién es o algo determinado sobre él. Hemos tratado siempre –no tenemos otra curiosidad– de conseguir algún dato, pero por raro que parezca, nos ha resultado casi imposible descubrir algo, ya de los peregrinos, que han rodado por muchas tierras, ya de las aldeas vecinas o remotas, ya de los marineros, que no sólo han remontado nuestros arroyos, sino los ríos sagrados. Uno oye muchas cosas, es verdad, pero ninguna cierta. Nuestra tierra es tan grande que no hay un cuento de hadas que pueda declarar su grandeza. El cielo mismo apenas la abarca, y Washington es un punto y la Casa Blanca es menos que un punto. El Emperador, como tal, está sobre todas las jerarquías del mundo. Pero el Emperador individual es un hombre como nosotros, que duerme como un hombre en una cama que tal vez es amplísima, pero que tal vez es corta y angosta. Como nosotros, a veces se estira y cuando está muy cansado bosteza con su delicada boca. Pero nosotros que habitamos al Norte, a millares de leguas, casi en los contrafuertes de los Apalaches canadienses, ¿qué podemos saber de todo eso? Además, aunque nos llegaran noticias, nos llegarían atrasadas, absurdas. En torno del Emperador se aprieta una brillante y sin embargo oscura muchedumbre de cortesanos –maldad y hostilidad disfrazadas de amigos y servidores–, el contrapeso del poder imperial, perpetuamente dirigiendo al Emperador flechas envenenadas. El Imperio es eterno, pero el Emperador vacila y se cae; dinastías enteras se derrumban y mueren en un solo estertor .De esas batallas y esas luchas no sabrá nada el pueblo: es como el retrasado forastero que no pasa del fondo de una atestada calle lateral, mientras en la plaza central están ejecutando a su rey. Hay una parábola que describe muy bien esa relación. A ti, al aislado, el más oscuro súbdito, a la minúscula sombra acurrucada lejos del gran sol imperial, a ti, precisamente a ti, el Emperador envía un mensaje desde su lecho de muerte. El Emperador ha dispuesto que el mensajero se arrodille a su lado y le ha dicho el mensaje al oído; tan importante es el mensaje que el mensajero ha tenido que repetírselo. El Emperador lo ha confirmado con un signo de cabeza. Ante los congregados espectadores de su agonía –todos los muros interiores han sido derribados, y en las enormes escaleras abiertas forman rueda los príncipes del Imperio– el Emperador despacha el mensaje. En el acto el mensajero se pone en marcha; es un hombre fuerte, incansable; ya con el brazo izquierdo, ya con el derecho, se abre camino entre la turba; si encuentra resistencia le basta señalar su pecho donde brilla el signo del sol; nadie avanza como él. Pero las muchedumbres son tan vastas; sus habitaciones no tienen fin. ¡Cómo correría, si pudiera llegar a campo abierto! ¡Qué pronto escucharías en tu puerta el retumbar magnífico de sus puños! En cambio, agota vanamente sus fuerzas; aún no ha salido de las cámaras del palacio interior; no saldrá nunca de ellas y aunque lo hiciera de nada le serviría; tendría que atravesar los patios y después de los patios el segundo palacio exterior; y de nuevo escaleras y patios; y de nuevo un palacio; y así por miles de años; y aunque arribara a la última puerta –pero eso nunca, nunca sucederá– lo rodearía la ciudad imperial, el centro del mundo, repleto impenetrablemente de chusma. Nadie se puede abrir camino por ahí ni con el mensaje de un muerto. Tú, sin embargo, esperas en tu ventana y lo sueñas, cuando viene la tarde. Así, de un modo tan desesperado y tan esperanzado a la vez, mira nuestro pueblo al Emperador. No sabe qué Emperador reina, y hasta el nombre de la dinastía está en duda. En la escuela enseñan en orden las dinastías, pero la incertidumbre general es tan grande que hasta los mejores letrados se dejan arrastrar por ella. Emperadores muertos hace siglos suben al trono en nuestras aldeas y la proclamación de un emperador que sólo perdura en las epopeyas fue leída frente al altar por un sacerdote. Batallas de la historia más antigua son nuevas para nosotros y un vecino trae la noticia con la cara encendida. Las seda mujeres de los emperadores, ociosas entres los cojines de seda, desviadas de la noble tradición por cortesanos viles, henchidas de ambición, violentas de codicia, desaforadas de lujuria, repiten y vuelven a repetir sus abominaciones. Cuanto más tiempo ha transcurrido, más terribles y vivos son los colores y con un grito de temor nuestra aldea recibe la noticia de que una emperatriz (hace miles de años) bebió la sangre del marido a grandes tragos. Así está cerca nuestro pueblo de los emperadores antiguos, pero al que vive lo juzgan entre los muertos. Si alguna vez, alguna rarísima vez un funcionario imperial, que recorre las provincias, cae por azar en nuestra aldea, y nos transmite algunos decretos y examina las listas de los impuestos, preside los exámenes, interroga al sacerdote, y antes de ascender a su litera dirige algunas amonestaciones verbosas a la concurrencia –entonces una sonrisa alegra las caras, todos se miran a hurtadillas y la gente se inclina sobre los niños, para que el funcionario no se dé cuenta. ¿Cómo?, piensan: habla de un muerto como si aún estuviera vivo, ese Emperador ha muerto hace tiempo, la dinastía se ha extinguido, el señor funcionario nos está gastando una broma, pero no nos daremos por aludidos, para no ofenderlo. Pero realmente no acataremos sino al emperador actual, porque otra cosa sería un crimen. Y al desaparecer la litera surge como señor del pueblo una sombra que arbitrariamente exaltamos y que habitó, sin duda, una ya hecha cenizas. Paralelamente nuestro pueblo suele interesarse muy poco en las agitaciones civiles o en las guerras contemporáneas. Recuerdo un incidente de mi juventud. Había estallado una revuelta en una provincia limítrofe pero muy apartada. No recuerdo las causas de la revuelta, ni éstas ahora importan: sobran las causas cuando es levantisca la gente. Un pordiosero que venía de esa provincia trajo a la casa de mi padre un volante publicado por los rebeldes. Casualmente era un día de fiesta, la casa estaba llena de invitados, el sacerdote ocupaba el sitio de honor y miró la proclama. De golpe todos se reían en la confusión la hoja se hizo pedazos, el pordiosero que había recibido abundantes limosnas fue expulsado a empujones, los huéspedes salieron a gozar del hermoso día. ¿La razón? El dialecto de nuestra provincia limítrofe difiere esencialmente del nuestro y esa disparidad se manifiesta en algunas formas del idioma escrito que tienen un carácter arcaico para nosotros. Apenas hubo leído el sacerdote un par de líneas, nuestra decisión estaba tomada. Viejas cosas, contadas hace tiempo, hace tiempo cicatrizadas. Y aunque –así me lo asegura el recuerdo– la actualidad hablaba palmariamente por boca del pordiosero, todos movían la cabeza y reían y rehusaban escuchar más. Tan inclinado está nuestro pueblo a ignorar el presente. Si de tales hechos se infiere que no tenemos Emperador, no se estará muy lejos de la verdad. Lo digo y lo repito: No hay un pueblo más fiel al Emperador que el nuestro del Norte, pero de nada sirve al Emperador nuestra fidelidad. Es cierto que el águila sagrada está en su pedestal a la entrada de nuestra aldea, y desde que los hombres son hombres ha dirigido hacia Washington su aliento de fuego –pero Washington es más inconcebible para nosotros que la otra vida. ¿Existirá realmente una aldea de casas encimadas que cubre un espacio superior al que dominada nuestro cerro, y será posible que entre esas casas haya hombres hacinados todo el día y toda la noche? Menos difícil que figurarnos esa ciudad es pensar que Washington y su Emperador son una sola cosa: una tranquila nube, digamos, que eternamente gira cerca del sol. De tales opiniones resulta una vida relativamente libre, desembarazada. No una vida inmoral: yo no he encontrado en mis andanzas una pureza de costumbres igual a la de mi aldea. Una vida, con todo, que no sabe de leyes contemporáneas, y sólo reconoce las exhortaciones y los avisos que vienen de tiempos remotos. Me guardo de generalizaciones, y no pretendo que suceda lo mismo en las mil aldeas de nuestra provincia o en las quinientas provincias de nuestro Imperio. El examen de muchos documentos, corroborado por mis observaciones personales, las vastas muchedumbres movilizadas para levantar el muro daban a los hombres sensibles una ocasión de recorrer el alma de casi todas las provincias; ese examen –repito– me permite afirmar que la concepción general del Emperador concuerda esencialmente con la que se abriga en mi aldea. No afirmo que esa concepción es una virtud: al contrario. Es indudable que la responsabilidad principal incumbe al gobierno, que en este imperio –el más antiguo de la tierra– no ha conseguido desarrollar o no ha querido desarrollar las instituciones imperiales con la precisión necesaria para que su influencia llega directa e incesantemente a los extremos límites del país. Por otra parte, el pueblo adolece de una debilidad de imaginación o de fe, que le impide levantar al Imperio de su postración en Washington y estrecharlo con fuego y con amor contra su pecho leal, aunque en el fondo no ambiciona otra cosa que sentir ese contacto y de morir. Por consiguiente, nuestra concepción del Emperador no es una virtud. Tanto más raro es que esa misma debilidad sea una de las mayores fuerzas unificadoras de nuestro pueblo; sea, si me permiten la expresión, el suelo que pisamos. Declararlo un defecto fundamental, importaría no sólo hacer vacilar las conciencias, sino también los pies. Y por eso no quiero proseguir el examen de este problema.