miércoles 7 de diciembre de 2011



Es paradójico: en una sociedad en que predomina la literatura realista sea de corte autobiográfico, periodístico, histórico, sangriento a lo McCarthy, "sucio" a lo Bukowski, etc., además de los reality shows y las teleseries empecinadas en "reflejar la realidad", lo real parece haber perdido su significado. Si alguien comparte en redes sociales una bella fotografía que acaba de tomar, esa foto tiene un filtro de Instagram; si aparece una chica bonita en una revista, está photoshopeada; si oímos en la radio que alguien canta una canción emocionante, fue afinada por computadora. Las herramientas que utilizamos para falsear lo real han contribuido a crear una red de incredulidad en nuestra percepción: pareciera que vemos todo a través de ojos cartesianos, que partimos de la duda a la hora de juzgar el mundo que percibimos. Hace poco vi, en una tienda de abarrotes, una fotografía en la que aparecen tres aves formando una gran sonrisa en el cielo. No sé si está photoshopeada, casi puedo asegurar que sí, y sin embargo el sentimiento que me provocó fue un sentimiento puro, cierta paz alegre, una vuelta instantánea a la infancia. Creí experimentar algo semejante a lo que el filósofo Johannes Volkelt llamaba "auto-certeza de la conciencia", a saber, una certeza prelógica sobre determinado contenido consciente, que se toma por evidente y no necesita comprobación, como cuando alguien dice: "veo una flor azul", "me duele el brazo", etc. Pero cuando alguien publica una foto con un filtro de Instagram, la posibilidad de una "certeza prelógica" se cancela de antemano. La foto tiene un sello que parece decir: "soy hermosa, pero nunca ocurrí :(". No me gusta, me parece triste, y feo. Prefiero los atardeceres sin Instagram. Y ya.