Mil gotas de lluvia vuelan a través del tiempo y golpean el cristal de mi ventana, las baldosas de mi patio, las hojas de mis plantas. Las oigo crepitar allá afuera, por la ventana miro las centellas de lluvia que resplandecen como si la última luz de la tarde les pusiera lumbre. Cierro la ventana y un mosquito alcanza a colarse. ¿Por qué los mosquitos proliferan con la lluvia? ¿En cada gota viene uno encapsulado, y al reventarse la gota emprenden su sueño vampírico? Moscos vampiros, eternos y chupasangres. No sospechan que he criado a un ejército de arañas para que se los coman, jua jua. La fragancia de la lluvia me trae recuerdos de mi niñez que ningún otro aroma es capaz de suscitar, y también, extrañamente, me trae recuerdos que no son míos, recuerdos de la vida de Proust: "Cuando en las noches estivales, el cielo armonioso gruñe como una fiera y todo el mundo se enfada con la tormenta que llega, si yo me quedo solo, extático, respirando a través del rumor de la lluvia el olor de unas lilas invisibles y persistentes, al lado de Méséglise se lo debo". La lluvia enfada a la mayoría y hace dichosos a unos pocos. Enfada, por ejemplo, a los funcionarios que no saben qué hacer con el agua que anega las cloacas sacando a relucir las aguas negras (la política en México se ha vuelto una arena de lucha en la que ya no se confrontan ideas sino acusaciones sobre quién tiene la culpa del desastre). Enfada a los automovilistas que repentinamente se ven atrapados en un embotellamiento provocado por uno de los elementos más dúctiles y suaves de la naturaleza. Enfada a los enamorados que se casan en un día de tormenta, agujas de agua amargan el pastel de bodas y hacen caer sobre su vida de casados un malingo presagio. Enfada a los fanáticos del futbol que se fueron a festejar al Ángel de la Independencia la victoria de la Selección Mexicana en el Mundial Sub-17. Pero a otros no les enfada, porque les parece que la lluvia es el llanto de alegría de Dios por la victoria de México (eso dicen algunos) y se bañan felizmente en esas lágrimas dulces. No enfada a los campesinos agricultores cuyos ojos se anegan de emoción al ver el maná que han esperado durante meses. Tampoco a mí me enfada la tormenta, veo con delectación las gotas suspendidas en el aire, brillantes como fragmentos de un espejo roto, aunque lamento que en algunos lugares estas gotas dulces se transformen en aguas amargas, en inundaciones, en cadáveres. Ahora las gotas se deslizan sobre las hojas y caen al suelo como suspiros. Ya paró la lluvia. Es tiempo de barrer el agua.
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1 comentarios:
Ahh! me encantó este post Fede! yo soy de las que no se enfadan con la lluvia, me trae buenos recuerdos, y también me acuerdo que desde que te conocí a ti también te gustaba mojarte :)
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