El año 2000 trajo muchas expectativas favorables y también algunas advertencias o premoniciones de desastre. "El embrutecimiento de los hombres no sólo se ha reflejado en los anaqueles de las librerías sino en el aumento de la delincuencia". Leí esto en un artículo de Enrique Serna publicado en Letras Libres en enero del 2000, que agregaba: "Productos de una cultura donde el más chingón o el más abyecto se impone siempre al más preparado, los mexicanos (varones) llegan a la juventud convencidos de que la lectura es una tarea impropia de su sexo". Leer no es de hombres: es de maricas. "Si el predominio de la mujer se extendiera a la arena política tendría sin duda un efecto saludable, porque las mujeres son menos proclives a la corrupción que los hombres", apostilla el autor. En esto se equivoca, porque en política, es decir en poder, hombres y mujeres son igualmente proclives a la corrupción. La co-rrupción, ruptura doble, es una compañía, no una iniciativa individual: Rupción & Co. Para la corrupción se necesitan mínimo dos, corromper es trastocar la ley en equipo, en contubernio: nunca una acción unilateral. Y en esta lógica se permiten varias combinaciones: hombre corrompe a hombre, hombre corrompe a mujer, mujer corrompe a hombre, mujer corrompe a mujer. El hecho de que una mujer se involucre en política no garantiza que no caerá en corrupción. Por otra parte, el autor hacía notar en aquel artículo la proliferación de retratos de esposas provincianas que mezclan novela rosa y realismo mágico, libros "de señoras para señoras". A diez años de distancia observamos que una nueva escritura mariconizada ha copado los anaqueles de las librerías, desde Paulo Coelho hasta la autora de Crepúsculo, pasando por Isabel Allende, a través de cordilleras de best sellers embadurnados de cursilería. El predominio de este tipo de libros y su excesiva publicidad hace creer a muchos que la lectura de novelas es una actividad propia de señoritas bobas. No sorprende, por eso, que la diputada Edith Ruiz Mendicuti, secretaria de la Comisión de Cultura en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, diga que no lee novelas porque no es "tan soñadora" –la diputada se define a sí misma como una mujer "práctica". Lo que quiso decir es que la lectura de novelas es para mujeres pendejas (acaso estoy tergiversando a la diputada, ¡pero qué!, ¿ella, como "representante de los ciudadanos", no me ha tergiversado?). El alegato palurdo de esta señora saca a relucir su ignorancia y la presume como cola de pavo real: “Sí leo, pero me gustan las cuestiones de política, no soy tan soñadora, no leo novelas y ese tipo de libros… Yo leo cosas del narco y eso, porque uno tiene que saber lo que pasa, lo demás… es que a mí no se me da. Me han criticado mucho por eso, pero yo soy más… ¿cómo te diré? Práctica”. Sobre estas bases, es de temer que Edith Ruiz Mendicuti ignore el significado de la palabra "diputado". Diputar es un verbo: equivale a "mandar". Yo diputo, tú diputas, él diputa, nosotros diputamos, vosotros diputáis, ustedes diputan, ellos diputan. Edith Ruiz Mendicuti es la sujeta en quien recae toda esta acción. Los capitalinos le pagamos y la mandamos a trabajar. Lo mínimo que le mandamos es que conozca la materia en la que va a legislar. Pero queda claro que México no es país de soñadoras, sino de diputadas que directamente se limitan a cobrar y se ahorran el trabajo. Y no es país de maricas, sino de matones.
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2 comentarios:
De acuerdo. Sabrás morro que utilizar lugares comunes no es lo mio, pero lo tengo que hacer, y es que no me agrada utilizar el término "es que debido a la violencia", pero ahí voy. Si, debido a la violencia y a todo lo que ya gira en torno en los medios o en las platicas mismas, ya se tiene por hecho que es la ley del Chingón, que el que estudio es porque no tiene un instinto nato para defenderse o ser alguien, "yo soy más chingón, por eso puedo utilizar hasta la violencia para demostrartelo" siendo que en ocasiones son puras palabras de envidia al que tuvo la oportunidad de asistir a un aula y no aprendio en "la escuela de la vida".
Qué lástima de la señora di-putada. Parece que hay una idea equivocada con respecto de la literatura. Leer a Faulkner o a Carpentier y descubrir parte de nuestro destino latinoamericano tiene mucho de literatura, sin duda, algo de soñador, pero también mucho de política. O Kafka, que tiene tanto de pesadilla. ¿Dónde está lo soñador en Hughes, en Carlos Montemayor? ¿Acaso no son literatura? Ni siquiera Wilde o Woolf no tienen algo de crítica que esta señora y toda su clase podrían aprovechar. Pero, claro, la palabra literatura (y otras más, como esa de "la filosofía de mi empresa...", qué pendejos!) se aplica para tantas cosas, incluso para textos que son sólo vaciaderos de escritura. Me encantaría que los reporteros entrevistaran a un par de lectores decentes (no sólo académicos), esos lectores, creo, tienen tanta valía (en este caso más) que la opinión de una lectora práctica.
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