Los pesimistas tienen un motor secreto para la vida, saben que todo el tiempo están muriendo y eso los hace querer hacer las cosas bien. Hace poco tuve la ocasión de ver la muerte de un pesimista (nadie sabrá de quién se trata y su monografía volará en el misterio) y pude constatar que al final hizo las cosas bien. Fue un pesimista joven que murió, pese a la vergüenza indeleble de cagar sangre, con dignidad. Él mismo publicó fotos de su suplicio agónico y estoy seguro de que dos o tres cibernautas no podrán dormir bien esta noche tras visitar alguno de sus perfiles en Facebook o Myspace. Todavía se dio el lujo y el tiempo de bromear componiendo poemas sobre su muerte. Voluntaria o involuntariamente, se hizo amigo de la fatalidad. Pero sus poemas –todo hay que decirlo– son un asco. Tras su lectura podría concluirse, sin estar del todo equivocado, que el poeta falló en transmitir sus impresiones a través del tiempo, pero aun así algo de poético tenía escribir versos malos al filo de la muerte. El poeta que ve las cosas como si las viera por última vez se lanza con todo sobre lo existente y con frecuencia captura la sextaesencia del mundo. Pienso en Pablo Neruda componiendo su libro de preguntas mientras veía por última vez la flor, el pan, la nube, el helicóptero, la lágrima, los pájaros, los limones, el reloj, el fascismo, la luna, Francia, las hojas, las abejas, las raíces, el automóvil, el criminal, las iglesias, el camello, el sol, el peral, el..., el... Tarde o temprano, el poeta tendrá que decidirse por las palabras o las cosas. Casi siempre preferirá las cosas, pero sólo cuando obtenga una síntesis de ambas habrá acertado en su objetivo. Y acaso siempre subsistirá en el poeta, en cada semifusa afinada o desafinada de su corazón, el temor de que la poesía muera en sus manos.
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